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La tarea es redefinir el concepto de la felicidad
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Por: Bews

La angustia que toda crisis trae aparejada se traduce en una disposición negativa del individuo para observar los acontecimientos que lo aquejan.
Así es que las dificultades económicas, el descontento social, la impotencia política y la conciencia de que no existen demasiadas chances de que la situación actual vaya a revertirse (por lo menos en el corto o mediano plazo), se tornan en componentes que protagonizan lo cotidiano, desplazando en el tiempo y en la memoria a aquellos condimentos esenciales, que muy poco en común tienen con los inicialmente enumerados y que deberían estar siempre vigentes, más plenamente en presencia de una profunda crisis.

El argentino promedio de este tiempo es irascible con su entorno, agresivo, desconfiado en general, escéptico ante todo. Ha perdido la gracia y la calidez, está triste. Ha olvidado su capacidad de asombro, cada vez le cuesta más plasmar alegría en un momento cualquiera. El argentino ensimismado se ha vuelto impermeable hacia lo bueno que aún conserva, a pesar de la crisis. Es lógico explicar esta conducta afirmando que se trata nada más ni nada menos que de la proyección en el pequeño mundo personal de aquellas impresiones recibidas de un mundo más grande y abarcativo.

Sin embargo, no es pretensión de este texto esbozar esclarecimientos propios de un estudio sociológico más elevado. No. Solamente plantear el siguiente interrogante: ¿ hasta dónde se justifica la tolerancia pasiva hacia los efectos nocivos de la crisis actual? o mas bien… ¿es ético que el ser humano permita que la crisis ingrese y pernocte en su interior,  desnaturalizando su capacidad para disfrutar de la vida?

Durante una década, el argentino ha tenido acceso a los mismos bienes que el europeo, el norteamericano y el australiano, salvando algunas distancias (como por ejemplo, la gran masa de pobres que progresivamente se fueron quedando al margen de estas bondades). No obstante, ni siquiera en el auge de la convertibilidad, Argentina pudo equipararse a algún país de la Comunidad Europea. La falacia de que Argentina estaba en el primer mundo sólo porque dentro de Latinoamérica había conquistado cierta posición de importancia, nunca fue más que eso: una falacia. Pero mientras tanto, la clase media nacional suscribía créditos para adquirir autos importados, viajar al exterior, comprar ropa de alta costura, equipos de fabulosa tecnología, viviendas envidiables, etc. En cierta manera, el paradigma del capitalismo y sus caridades, se arraigó fuertemente en el estilo de vida del argentino tipo. En un país con grandes deficiencias se podía vivir como si tales cosas no fueran ciertas. Por mucho tiempo, hubo un descreimiento de los índices de miseria y desocupación. Hasta que empezó a tocar las puertas de quienes se habían aislado de la realidad. Y por fin, el corralito y la devaluación, afectaron a todos o casi todos.

¿Cómo resistir el impacto de perder los dólares, el trabajo, el crédito… en fin, la totalidad de las seguridades materiales y morales? Sin duda, pueden proponerse respuestas distintas como el activismo ciudadano, el boicot político y la emigración. Y son válidas. Pero hay otra alternativa, simple y de implementación inmediata, sumamente efectiva. Frente a esta gran depresión, es menester modificar el concepto de la felicidad. Antes que nada, desempolvarlo. Observarlo detalladamente. Indagar cuáles han sido sus sustentos, hasta el momento. Chequear los últimos momentos espléndidos. Hacer los ajustes necesarios para que esta felicidad se despoje de los condicionamientos propios de otras épocas, materialmente más benignas. Concederle un nuevo lugar en el diario devenir, más afanoso, más protagonista. Atarla a objetivos más humildes, reivindicando la importancia de los valores inmateriales, capaces de trascender a cualquier estafa política y económica. En definitiva, elaborar un concepto de la felicidad que pueda contentarse con gestos pequeños.

Una felicidad que encuentre cabida en los esfuerzos que cada cual esté en condiciones de realizar para mejorar la calidad del entorno donde interactúa a diario. Una felicidad que descubra lo sobresaliente de cada persona. Que sepa disfrutar de un buen encuentro, de un cuadro acabado, de una película emotiva. De palabras sublimes, de miradas serenas, de sonrisas sinceras. Las crisis pueden ser oportunidades inmejorables para plasmar una felicidad más sensata y duradera. Y talvez, sólo talvez, éste sea el gran imperativo del momento.