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Cuadernos mediterráneos
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Por: Bews/ Amalita
Un viaje al Viejo Mundo, dos países, dos ciudades.
DIXI publica dos notas nostálgicas, escritas según la perspectiva inquieta de un par de jóvenes tucumanas (muy) deslumbradas.
Nota I: Desliz en París

Rue Mouffetard (casi imperceptible para quienes buscan la grandeza parisina, imponente para bohemios y espíritus libres).
Entre París y su majestuosidad, su perspectiva arquitectónica, prolijidad y elegancia; entre el acento cuasi aristocrático de su lengua y la altivez de quienes tienen el orgullo de hablarla; entre lo inalcanzable y lo soñado, escapándose de lo perfecto, para terminar siendo aun más perfecta por su indeseada perfección; entre rincones y pasajes secretos se presenta, casi imperceptible para quienes busca la grandeza parisina, imponente para bohemios y espíritus libres: la rue Mouffetard.
Recorriendo su estrecho y sinuoso sendero se llega a la Place de la Contrescarpe, cuya sencillez parece rendir honores al camino que la descubre. Pero antes de arrivar a ella, es imposible resistirse al folclore de sus bares, tan pequeños como cálidos y agradables; de sus disquerias de música vieja, clásica, auténtica; de sus tiendas de ropa usada, donde la variedad de indumentaria y conveniencia de precios no sólo entretienen, sino que también obligan a comprar algo, no importa qué.

Y después sí: la place, donde la gente vuela, donde el alcohol y el humo embriagan el aire, y todos los que lo respiran se embriagan con él en una locura que se convierte en realidad para sus protagonistas: un señor juega a las cartas con el hombre invisible, mientras se ríe y hace apuestas... De repente llega Robinson Crusoe con su nave, que esta vez es una moto llena de palmeras, en búsqueda de una isla: saca su mapa, pregunta, detiene el tránsito, roba carcajadas a sus espectadores. El público también tiene un papel como víctima de Robinson que con un arma - y no de juguete precisamente- los apunta en la frente sin compasión hasta  lograr que desembolsen el dinero. La acción se justifica: definitivamente no es fácil sobrevivir solo en una isla...
Infaltable  la clocharde,  con su atuendo excesivo y sobreabundante, no por eso poco elegante;  el pelo nevado y la cara cubierta de polvo. Su tonalidad grisácea no puede esconder sus ojos color  cielo, cómplices de una mirada que desafía al rotulo que le impuso la sociedad, ignorante en una especie de ignorancia necesaria, que es la libertad la aliada imprescindible de la felicidad.
La rue Mouffetard es el puente sobre el cual las historias y cada uno de sus personajes atraviesan la dimensión de lo imaginario y se hacen verdad. La rue nos invita a jugar y a dejarnos ser.

 
Nota II: La Capilla Sixtina o el elogio de lo inefable

25 de Junio de 2003: de Roma me fui profundamente emocionada. El momento sublime ocurrió en los Museos del Vaticano, donde 8 km de exposiciones se suceden entre jardines, palacios, escalinatas y desbordes... todo bajo el calificativo “señorial”.
Cada sala  responde a uno o varios pontificados y cada Papa se ocupó de imprimir su estilo, todo lo cual quedó plasmado en habitaciones de vastas dimensiones, techos abovedados (decorados con frescos de colores – verdaderas obras de arte en sí mismas), grandes ventanales con vista a los patios, pisos trabajados en cerámica y paredes murales.
Los Museos del Vaticano contienen una riqueza incalculable en colecciones de arte clásico, etrusco, egipcio, contemporáneo y moderno... en su mayoría obsequios que los príncipes y presidentes, las religiones y las grandes organizaciones ofrecieron a la autoridad papal. Sobresalen unos tapices de los siglos XI a XVI (con evocaciones de las Cruzadas), una serie de mapas concebidos por discípulos de Galileo Galilei y una pinacoteca riquísima con obras de Caravaggio, Da Vinci, Rafael, Tiziano, Veronese, etc.
Es necesario atravesar completamente los Museos (viendo sin mirar, tanta es la profusión de la belleza) para llegar a la Capilla Sixtina, tal vez la máxima atracción del Vaticano (bueno, junto a La Piedad , la obra de Bernini, la misma Basílica de San Pedro y las Estancias de Rafael).
Es que Miguel Angel Buonarotti desplegó buena parte de su genialidad en la concepción de la Capilla Sixtina.  Así, “El Juicio Final”, escalofriante y profético, desgarra por su simple interpretación de la situación apocalíptica.
Allí está Dios, con su dedo anular, echando del cielo a Satanás; están las pieles de San Bartolomé, elevándose a la eternidad; está la barca del Dante, esperando a los pecadores; están los cuerpos corrompidos, hundiéndose en los confines del infierno.
La apreciación de la escena implica un desafío para la agudeza visual, puesto que los detalles se diluyen en la inmensidad de la obra.

El pasaje del asombro a la estupefacción
El techo de la Capilla revela “La Creación”. Allí están Dios y el hombre como continuación del uno en el otro. Allí está la imagen y la semejanza del Padre con el hijo.
Dios, nuevamente con el dedo anular en movimiento. Pero ésta vez no para condenar, sino para comunicar la vida al primero de los hombres. Justo en el centro de la Capilla Sixtina, “La Creación” es la exaltación constante de la unidad entre el cuerpo y el espíritu.
Creo que quizás Miguel Angel intentó darle colores a ese misterio que se mantiene inmutable con el correr de los siglos y que estará vigente mientras exista humanidad...