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Enseño belleza, al escribir bellamente
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Por: Bews

Julio Ardiles Gray tiene 83 años. Es un hombre corpulento. La edad no se traduce en su aspecto, a no ser por el bastón que lo acompaña y sus anteojos de carey. Por su boca habla casi un siglo de la historia cultural de Tucumán y el país.  
Julio Ardiles Gray, periodista y escritor, estuvo en la provincia a fines de octubre –reside de modo permanente en Buenos Aires- a recibir el Doctorado Honoris Causa con el que lo distinguió la Universidad Nacional de Tucumán.
Ardiles nació en Monteros y es el mayor de cinco hermanos. Se recibió de bachiller, de maestro y estudió Derecho, sin llegar a recibirse . “Cuando murió mi papá, tenía 19 años. Trabajé y fui a la Facultad pero hubo un momento en el que no pude continuar con ambas cosas”, comenta al respecto.
 
¿Cómo se acercó el periodismo?
Y bueno, por la literatura. De niño me encantaba contarles cuentos a mis amigos y a mis hermanos más chicos, historias que aprendí de boca de narradores populares, como las empleadas que trabajaban en casa; eran del campo y estaban llenas de fábulas y de episodios de aparecidos.
Después me recibí de bachiller y de maestro. Para pagarme los estudios universitarios, me puse a enseñar.  Pero como cobraba muy poco – ya entonces el docente era pobre -, me metí en el periodismo. Primero, en el diario “La Unión”, cuyo director era Julio Prebisch y que luego fue cerrado por la dictadura militar del año ’43. En 1944 ingresé en La Gaceta.

¿Qué sucedió después?
Me mudé a Buenos Aires y entré a los diarios La Opinión y Primera Plana, dirigidos por Jacobo Timerman. Allí trabajé hasta que me jubilé, a los 60 años. Timerman reunía la doble condición de gran periodista y gran empresario. El, que había sufrido el maltrato de los medios, cuando tuvo la oportunidad de tener su empresa, pagó bien a los periodistas. Los diarios tradicionales lo odiaron por esa razón, porque pagaba tres veces más que ellos. Pero… ¡Exigía como un demonio!
Entonces ya no hacía falta trabajar en otras cosas. Pude dedicarme exclusivamente al periodismo: participé de la renovación de la prensa y  de la aparición del periodismo literario. Un artículo policial de Primera Plana empezaba así: “El sospechoso sacó un revólver, levantó la cabeza y disparó. El objetivo cayó herido de muerte…”, es decir, era una novela.
 
¿Cómo convivían en la sala de redacción de La Opinión un tucumano de edad madura como usted con jóvenes como Tomás Eloy Martínez y Mario Diament?
Es que pese a que envejezco, cada día me hago más contestatario, rebelde y libre. Entonces estoy más contento entre los jóvenes que en compañía de la gente vieja que se quedó en la época del moño y el peinetón. Me gustan las personas nuevas, porque están llenas de cosas.

¿Esa mezcla generacional qué le daba a las redacciones?
El común denominador era el talento y la contracción al trabajo. Casi todos teníamos bajo el brazo un libro de poemas o un guión de teatro. No éramos periodistas de esos que trabajan a tanto la línea o la columna… No, nosotros convertimos al periodismo en una obra literaria y docente. Yo enseño belleza, al escribir bellamente. No solamente hace docencia el profesor de la facultad. El periodista y el novelista son docentes, aun a pesar de ellos.

Julio Ardiles Gray fue un entusiasta del Consejo Provincial de Difusión Cultural (lo estableció la ley 2765 del año 1957), que en 1976 derogó el General Antonio Domingo Bussi. “Lo sacó de funcionamiento porque era peligroso: tenía autonomía y bienes propios”, recuerda Ardiles.
“Además, gozábamos de lo que se llamó fueros de la cultura, que consistían en inmunidades. La ley establecía que los vocales y el presidente del Consejo debían ser nombrados por el Poder Ejecutivo con acuerdo del Senado, como los jueces. En ese proceso se podía discutir el título, la honradez, la capacidad moral, etc.”, precisa.
Ardiles Gray se pone nostálgico. “Para ser removido del cargo había causales taxativas: muerte, renuncia, delitos comunes. Y todo esto porque la mayoría de los directores de cultura no duran más que meses en el gobierno… Porque por el mercadeo entre los políticos, si alguno se queda afuera del poder, de premio consuelo le dicen ‘vaya a la secretaría de cultura’. Y no importa si el funcionario es partero, ingeniero agrónomo, es decir, puede quedar como secretario de cultura aquel que no tiene ningún conocimiento acerca del tema”, explica.

El Consejo Provincial de Difusión Cultural estaba dividido en áreas: visuales, plástica, teatro, música, literatura… cada una tenía su vocal. Así se evitaba que la cultura fuera manejada de acuerdo con el gusto del secretario, que si era folclorista, la llenaba de bombos y guitarras; si era del teatro,  de actores y obras. “Lo peor de todo es que los políticos creen que la cultura es parte de la propaganda política y que hay que hacer una cultura para el peronismo, el radicalismo, el socialismo o el liberalismo… Y no es así: la cultura es plural”, pontifica Ardiles Gray.
Al periodista parece obsesionarle el Consejo. Por eso se enoja con las excusas que pusieron para cerrarlo.”Dijeron que era una guarida de borrachos, homosexuales, comunistas, subversivos…” Corría 1976 y la institución desapareció sin llegar a los 20 años de existencia.
Julio Ardiles Gray sigue hablando del pasado. “El septiembre musical, en esa época, era una explosión de alegría”. Pero vuelve al presente y dice que “sin dinero, no se puede preservar ni construir la cultura. Mientras la clase política no entienda esto o mientras confunda la cultura con el poder, estamos sonados. Lo que queda – lo que vemos - son los restos endebles, la degradación de la degradación”. Cuando dice esto sonríe nuevamente, pero esta vez, con amargura.