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¿Son o las hacen?
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Por: Aveju

Sería interesante preguntarnos por qué determinadas obras de ciertos autores son consideradas “artísticas” o “literarias”, aún cuando no han sido vistas ni leídas siquiera. Pienso en la Divina Comedia, en el Quijote de la Mancha o en Hamlet que aparecen como paradigmas de la literatura universal, ¿quién podría negarles su status de “literarias”?
Es, justamente, sobre esa valoración que quisiera reflexionar en esta editorial.
Diversas son las explicaciones que desde la teoría literaria y otros campos disciplinares se nos han dado a este respecto: la discusión sobre el valor parece ser el eje central sobre el cual versan las distintas consideraciones acerca del arte.
Hay quienes afirman que la condición “estética” es inherente a las obras: de ellas emana, como cualidad esencial, su propia esteticidad. A la luz de este criterio, se ha valorado el arte y se han reconocido y entronizado múltiples obras que hoy gozan de un locus privilegiado: ser per se bellas y, por lo tanto, imperecederas a través del tiempo y del espacio.
A mi entender, este posicionamiento simplifica un proceso que es mucho más complejo, omitiendo a los sujetos que son, en definitiva, quienes producen y valoran la cultura y sus manifestaciones. Descreo, dicho sea de paso, de la inocencia de la “elipsis del sujeto”.
El valor tiene un carácter histórico y cultural, por lo tanto, es variable y también ideológico. Así pues, la consideración de que tales o cuales textos sean o no literarios responde a la valoración que los sujetos hacen de las obras y no a los efluvios estéticos que brotan de éllas por encima de la voluntad de los sujetos.
Estamos en condiciones, ahora, de resolver el planteo inicial: todo proceso cultural es una dinámica posible merced a la interacción de los sujetos. En dicha interacción descansa la respuesta: si atribuimos valor (estético) a la Gioconda de Leonardo da Vinci, a las Cuatro estaciones de Vivaldi o al Edipo Rey de Sófocles sin haberlos experimentado, es porque hemos internalizado socialmente dicha valoración.
Como se ve, no estamos exentos de la efectiva acción que las instituciones llevan a cabo en la transmisión de códigos y pautas culturales que nos indican qué libros leer, qué música escuchar, qué objetos admirar y, por lo tanto, cómo considerarlos. Es decir, una maquinaria en permanente movimiento que establece y refuerza los límites de “lo valioso”.

* A este respecto puede ser muy esclarecedora la lectura del artículo “Contingencias del valor” de Barbara Herrnstein Smith.