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Diez consejos para salir del laberinto
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Por: Edmundo Hume
Sé que la palabra está devaluada. Pero este es el decálogo que he escrito para mí (lo digo, porque necesito razonar y tender a la abstracción hasta cuando discuto), para cuando comience a correrme esa electricidad indescifrable, que circula por todo mi cuerpo, que aún no sé dominar, que me pide que la descargue pronto y cuando lo hago (le hago caso) sólo adquiere la forma del rencor. Es un instructivo que se pretende cortazariano (no por la calidad, claro), del tipo de “Instrucciones para llorar”. De ahora en más lo llevaré en el bolsillo y prometo leerlo antes de acometer alguna tontera. He prometido (pretérito perfecto: acción que habiendo comenzado en el pasado, repica en el presente y ansía tener proyección futura).

I-Actúe con buena fe siempre y, sobre todo, piense que el otro se rige por el mismo principio. Si no piensa así pida la disolución del vínculo. No puede desconfiar de su pareja ni dormir con un enemigo.

II- Si el otro no lo habla por teléfono, no desespere. Es posible que se haya quedado sin crédito en el celular o que esté en una reunión importante para su presente laboral o profesional. Piense mal como última alternativa.

III-Si da algo, no espere nada a cambio: hágalo porque sí; de lo contrario usted simuló una transacción. Esto, aunque suene muy cristianucci, puede ayudar.

IV-Recuerde que la discusión es un contrato consensual: siempre requiere el acuerdo de dos. Si no está dispuesto a suscribirlo, no lo haga. No se deje seducir por las cláusulas adhesivas (esto es sólo para abogados peleones).

V-Consensúe con su pareja alguna expresión o santo y seña del tipo “ey” y recurra a ella cuando el otro se encuentre con ganas de celebrar el tipo de contrato descripto en el punto IV. Diga “ey, soy yo” (quiere decir “no nos desconozcamos”), dos veces si es necesario, pero no firme el contrato del item anterior. Alguien tiene que tener la responsabilidad de decir basta.

VI-Si no tiene otra alternativa que estancarse en el punto IV hágalo recordando que en el amor, como en el derecho, impera el principio de la preclusión (léase pasado, pisado). Ergo, discuta sólo lo necesario y acote al máximo el ámbito de la autonomía del rencor (al diablo con el artículo 1197). No se acuerde de aquella noche “en que vos quedaste en hablarme y no lo hiciste”. ¡No! En las parejas todo debe discutirse oportunamente y por la vía correspondiente.  

VII-Si sigue en el punto IV piense que la responsabilidad es mayor. Sea cauteloso, no irrite al otro, no recurra a golpes bajos (las llamadas chicanas del foro), sea más serio que nunca al discutir; hágalo pensando en que debe salir pronto y en que debe acordar: al frente está el socio de su vida, no un enemigo.  

VIII-Antes de hacer esa llamada desafortunada, hija del rencor y de la incontinencia (por lo general a deshora), cuente hasta 100 en francés y, si aún sigue con ganas de marcar sólo para acelerar el distracto, hable con un amigo/amiga y trate de poner las cosas en perspectivas. 

IX-Las relaciones deben ser disfrutadas, no sufridas ni padecidas. 

X-No compita con quien tiene al lado, siempre trate de tenderle puentes. Ambos son socios en el afecto. Mímese, mime a su pareja, mímense. Tengan paciencia.