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Dos puntos de encuentro en la elegancia al natural
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Por: Edmundo Hume

Hay gentes que han hecho del dandysmo una mariconada. Son los que aún usan moñitos para que se les vea. De lejos se sabe que cuando vuelven a sus casas jubilan la pajarita hasta la próxima salida. Quizá hasta tienen un agujero en la media derecha, justo por donde el dedo gordo no deja de manifestar sus pretensiones emancipatorias. Y el tema no pasa por tener un simple agujerito. El tema radica en querer ocultarlo. Porque si uno decide ser un dandy debe serlo hasta en la cama, sin interrupción, y aunque mañana no haya para comer. Que lo importante es conservar el moñito.

Lo interesante son los otros. Los que son dandys sin saberlo. Mejor aún: sin quererlo. Es el caso de la señora que se sienta en la esquina de San Lorenzo y Moreno. El hecho de vivir de la prodigalidad ajena no le impide conservar las formas. Por eso da gusto verla por las tardes comiendo con tanta distinción el sánguche de mortadela que, con las fetas que no ha de vender a sus clientas, Don Perico le prepara.

Como ya debe haber quedado claro, “La Señora” –quisiera llamarla por su nombre, pero aún no me he animado a acercármele- vive en la intemperie. Pero eso no es óbice para que delicadamente remiende la única muda de ropa –la que lleva puesta- en el afán de verse digna. Un vestido que antaño era amarillo la hace más delgada de lo que es. Encima: lo ajusta por el medio con un cinturón en el que cabrían dos señoras como ella.  Se nota que no le gusta andar mostrando las partes. Por eso cubre sus piernas con unas percutidas medias blancas que algún día fueron colegialas. Podría decirse que nada pega con nada. Pero hay un gesto de ella, cruzando las piernas y abanicándose con un pedazo de cartón cortado matemáticamente que salva la escena. Dan ganas de llevarla -¡voilá!- a las Europas y pasearla por las mejores casas parisinas de té.

“Matraca” es otro dandy. Sentado en su poltrona de barrio –un sillón de cuerina que nunca fue caro-, aquel viernes en la noche, parecía la dignidad dando cátedra, a domicilio, en mangas de camisa, de remera celeste y desteñida más bien. Fue una clase magistral que no duró más de cuarenta minutos. No le hizo falta ponerse de pie. Tampoco pizarrones ni esa mariconada del Powerpoint o del procesador (hoy pareciera que no se puede dar clases sin proyectar algo). Con las piernas cruzadas y los infinitos brazos durmiendo sobre ellas, tenía más gracia que esa foto en que Churchill, Roosevelt y Stalin, allá por los 40, diseñan el mundo en Yalta. Era poco pero inolvidable lo que tenía que decir: que las cosas seguían siendo como en el básquet, no basta con embocar si uno puede hacer una finta de más. A la vida le gusta eso. Durante el sermón no perdió las maneras del cacique callado que el tiempo y sus antepasados fueron depositando en él, tardes inmemoriales como silenciosas. Habla en parábolas, como los presocráticos. Y asiente como un pájaro carpintero. La tierra está equivocada y hace mucho que no gira sobre su eje. “Matraca” lo sabe.