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De viaje por América Latina
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Por: Juan

Durante años acaricié celosamente este proyecto. En las idas y vueltas de casa al trabajo y del trabajo a casa; en el ardor de Buenos Aires y bajo condiciones vertiginosas. La vorágine me comía vivo y yo me fugaba, mochila pegada a las espaldas, por senderos que se hacían montañas.
A fines del año pasado dejé mi trabajo seguro, mi casa y mis cosas. Adiós a la oficina y a la rutina programada. Adiós al calendario, al reloj y a los horarios: parto de viaje por América Latina.

10 de febrero de 2005.
Bolivia, camino y sufrimiento. La gente está más pobre que nunca. Cada región vive su propia explosión social y política. Algunos obreros me contaron cómo es el sistema en las minas; gracias a él, nadie vive más allá de los 42 años.
Me abruma la tristeza de los rostros bolivianos. Tienen la melancolía de siglos de incubación. Los gestos fríos contrastan con la belleza de este altiplano, cuyo cielo es celeste de un modo permanente.

24 de marzo de 2005.
Perú. De nuevo el Camino del Inca para llegar a Machu Pichu. Otra vez la energía de ese lugar increíble. La suerte me acompañó y no llovió en todo el trayecto. Un grupo de gente bastante heterogénea me permitió pasar muy buenos momentos. Luego del Camino, cada cual siguió su propia ruta. La despedida fue un intercambio de mutuos deseos de suerte y “¡ojalá que volvamos a encontrarnos!”. Es lo que me sucede a menudo: conocer gente, separarme. Es el código social de los errantes, con sus virtudes y defectos.  Otra de mis premisas es intentar conectarme con los habitantes del lugar. Trato de comer donde ellos comen, de viajar con ellos y, si se puede, de compartir una cervecita, la que ellos toman. Los peruanos, en general, son más amigables que sus vecinos bolivianos. Hoy, por ejemplo, conocí a un chico, nos pusimos a charlar y terminamos armando la carpa en la playa, donde vive un conocido suyo.  Hace calor, algo a lo que ya me había desacostumbrado.

13 de abril de 2005
Me siento desacelerado y tranquilo. Cada lugar es un descubrimiento y también, un motivo para el disfrute. Son días lindos, de sentimientos puros, emociones intensas y de una libertad absoluta.
Pero la soledad es una manera de decir; me relaciono con la gente en la medida en que lo deseo. En Lima viví con una familia muy humilde –siempre los que menos tienen son los más dispuestos a dar-; luego compartí unos días de viaje con un alemán muy gracioso. A veces me pasa que la gente aparece en mi auxilio cuando más la necesito.
Me bañé en el mar del norte de Perú y luego hice caminatas en la zona montañosa de Huaraz, la región que más me gustó. Deshabitada, sólo había senderos de varias horas que conducen a lagunas a 4.500 m.s.n.m., de color esmeralda y turquesa. Ahí pasé mi cumpleaños número 25.

2 de mayo de 2005
Cordillera de Los Andes. Viajé bajo la calidez del sol, la frescura de la lluvia, la humedad de las nubes, el espectáculo de las estrellas y la luna. De este a oeste, de la playa a la selva. El transporte fue de lo más diverso: desde una camioneta del alcalde de uno de los pueblos, hasta una cámara frigorífica, pasando por carretas y acoplados con ganado.
La Amazonia es un contraste total con todo lo anterior. Unos días junto a una comunidad autóctona fueron suficientes para conocer cómo se vive en la selva. Próximo destino: Iquitos.

16 de mayo de 2005
Iquitos. Un sacerdote me hospedó en su casa y no sólo eso: también racionó su comida para compartirla conmigo. Lo más asombroso de esta ciudad es su barrio de casas flotantes; allí la gente vive, comercia, se baña… cuando el río baja, las casas se apoyan sobre el fango.
El trayecto por el río Amazonas tiene sus momentos inolvidables. En el pueblo de San Pablo, donde por unos meses vivió el Che Guevara, todavía está el leprosario y hay ancianos que recuerdan al jóven médico argentino.
La navegación es lenta y todo transcurre a un ritmo ideal para leer. Los mosquitos se portan razonablemente bien y la comida mejora en el barco de bandera brasileña. Cuando ya estaba acostumbrado a dormir en hamacas, aparece Manaos en el horizonte.

12 de junio de 2005
Costa Rica. No me cautivó ninguna de las naciones de la antigua gran Colombia bolivariana. No me deslumbraron ni el alicaído enclave de turismo burgués –la Isla Margarita- ni la simpática y estudiantil ciudad de Mérida, en los Andes meridionales.
Tampoco me conmovió Colombia, ni Santa Marta, ni la ciudad con el casco colonial más bonito de Sudamérica, Cartagena.
Lo más notable fue atravesar la llamada “zona roja”, el Tapón de Darien. Cuenta la leyenda que allí se ocultan las fuerzas revolucionarias colombianas y que allí se desarrolla la industria de la droga, sin embargo, nadie nunca los pudo encontrar...
A Panamá llegué luego de sobrevolar el archipiélago de San Blas. La avioneta no era más grande que un Ford Falcon. Me horrorizó el Canal pese a que es maravillosa la idea de que allí se unen los dos océanos. Aquí todo huele a vientos nórdicos.
En Costa Rica pienso trabajar, recuperar fuerzas y establecerme por un tiempo. Luego me esperan Nicaragua, Honduras, Guatemala y Cuba.

18 de Junio de 2005
Desde hace algunos días trabajo en un restaurante de mariscos. Vivo de servir pescados y frutos de mar. Disfruto de esta existencia en la playa, junto al mar y amo pensar permanentemente que mi expedición es un viaje sin final.


Por aire, tierra y mar. Juan se dejó atrapar por los laberintos del Continente.


Juan de espaldas, mientras el agua no cesa de caer.


La playa tiene soledad, como el viaje.


No hay horizonte en el salar.


Juan comparte con los niños del lugar, apoyado en una pirca antigua.