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Crónica porteña
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Por: Nicolás Balinotti
¿La urbanidad se come a la humanidad?

Buenos Aires es un horror. Son las ocho de la mañana y la voz tan inconfundible como incomprensible del periodista Jorge Lanata -a través de la AM1030- penetra en los oídos como los primeros bocinazos del día. En otro dial, el jingle preferido es decir que Buenos Aires “es la ciudad de la furia” y que hay inconvenientes con el tránsito en todos lados, haya o no movilizaciones piqueteras. Buenos Aires se despierta, aunque a veces pareciera que nunca se durmió.

Por la angosta calle Maipú, en pleno microcentro porteño, los choferes de la Línea 10 cruzan el ómnibus de cordón a cordón, como si fueran pelotitas de los flippers; los taxistas, en busca de pasajeros, no superan los diez kilómetros por hora de velocidad crucero; y si de astutos se trata, los delivery, en motos o en bicicletas, hacen gala de un ojo milimétrico para detectar el hueco ideal entre autos y camiones.
Frente a semejante panorama, el peatón no tiene más remedio que refugiarse en esa línea imaginaria -de menos de un metro- que dice ser la vereda. En ocasiones y, por la marea humana, no hay otra alternativa que saltar a la calle y esquivar los obstáculos.

Algunos curiosos -muy pocos, por cierto-, observan como un hombre de unos 40 años con una valijita cruzada al pecho y que exhibe un peinado llamativo que confirma su perfil de trabajador de oficina, discute con un joven de flequillo prolijamente cortado, ojitos chispeantes y jogging que, de acuerdo al canasto que lleva en su bicicleta, es un delivery de una panadería de la zona. El chico había atropellado al hombre cuando el semáforo dio el guiño para cruzar la calle. Había testigos. Al cadete poco le interesa su torpeza e intenta arreglar todo a los golpes. El hombre con aspecto de oficina, ingenioso, encuentra una excusa moderna: de su bolsillo saca una imperceptible máquina de fotos, retrata al joven en su bicicleta y se dirige hacia la panadería donde el muchacho trabaja, a unos metros del sitio de la discordia. Le cuenta el episodio al encargado y deja la foto de recuerdo. Con paso redoblado, se marcha.

En una esquina, tan mareado como las puertas corredizas de los hoteles, otro joven, -provinciano el muchacho-, se pregunta en voz alta si un hecho similar en su lugar natal habría desencadenado una reacción semejante a la del hombre atropellado. Después de unos minutos, le dice a un amigo que prefiere el anonimato y que nada trascienda a la esfera de lo público. El amigo, disconforme, murmura: “con golpes no se arregla nada, pero con silencio, menos”. En la cuadra siguiente, hastiados de caminar y de la geografía de la caminata, la “hacen corta” y se suben a un taxi.