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Nació como “Nueva Tierra de Promisión”
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Por: Conti
“Vivir y morir es simplemente entrar y salir”
(Precepto filosófico del Taoísmo chino)

Gobernación del Virreinato del Alto Perú y cuna de la Independencia, San Miguel de Tucumán no adolece de falta de estirpe; ni de oropeles ni de linaje. Patricia entre las patricias, esta ciudad se llamó originariamente “San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión”. Pero entonces era un asentamiento sureño bajo el mando del capitán Diego de Villaroel.  Las familias de funcionarios ya eran una tradición, porque el tío de Diego, el gobernador Francisco de Aguirre fue quien dio la orden para que en Ibatín comenzara la historia de la ciudad (esto ocurrió un 31 de mayo de 1565).
Este enclave era necesario para consolidar la ruta entre el Alto Perú y el Río de la Plata –el interior ya era, también, una excusa para el puerto de Buenos Aires-, pero en ese lugar la gente vivía de penuria en sobresalto: cuando no eran las inundaciones con sus secuelas, las enfermedades, aparecían los Diaguitas y con mucha bronca.
Por fin el monarca español Carlos II permitió el traslado de la ciudad hacia el margen derecho del Río Salí. Esta mudanza se concretó entre el 24 y el 29 de septiembre de 1685, treinta años después de la primera fundación. Corrían los tiempos de Fernando de Mendoza y Mate de Luna.
San Miguel de Tucumán tenía a su cargo un área inmensa formada por los territorios de Santiago del Estero, Catamarca, Salta, Jujuy y La Rioja –quizá ese antecedente explique las ínfulas del Jardín de la República en el norte del país-. La ciudad creció entre edificaciones pomposas y casitas de adobe; más allá de la urbe proliferaron las chacritas y así todo transcurrió hasta el siglo XIX.

¡Abajo el Cabildo!
La Casa de Gobierno es la expresión más alta de la influencia francesa en la arquitectura vernácula. Erigida entre 1908 y 1912, ocupó los terrenos donde otrora se erguía el Cabildo. De este edificio desapareció hasta la última piedra (¿acaso hay una manera más efectiva de aniquilar la historia?) y de ese modo compartió el destino de todos los inmuebles virreinales. Sólo se salvó –y muy a medias- la Casa Histórica: ella es la única memoria edilicia de los orígenes de la ciudad.

El Cabildo estaba localizado en el flanco oeste de la Plaza Independencia, para que el sol de la tarde no encandilara a los representantes durante las sesiones.
La Casa de Gobierno, majestuosa e impertinente, se sabe bella y por ello, miles de foquitos se encienden al atardecer durante los días festivos. Atrás quedó la bonanza que la hizo nacer: hoy sólo recuerda lo que la ciudad fue alguna vez. 
 
Paso a paso: así evolucionó la Plaza Independencia

La plaza de la Independencia aún conserva el trazado original de 1685. Durante un siglo y medio no fue más que un solar descampado, con un solo árbol. Allí era común que los malhechores y mal vivientes fueran ejecutados.
Una pirámide federalista apareció a mediados de 1841. Tiempo después, la plaza incorporó plantas de naranjos. La pirámide fue reemplazada por una columna cilíndrica, 23 años mas tarde, que recordaba la Declaración de la Independencia.
El diario El Orden (dirigido por el Dr. Ernesto Colombres) detalla las vicisitudes de la instalación del bronce de Manuel Belgrano. Esto ocurrió a fines de 1883 y el busto desplazó a la columna cilíndrica. 
Pero este no era el final. La plaza fue pavimentada con baldosas de piedras importadas de Hamburgo, Alemania y, en el siglo XX, la escultora Lola Mora erigió a “La Libertad” en el lugar que ocupaba el bronce del inventor de la bandera argentina. “La Libertad” es esa mujer hecha en mármol de Carrara (Italia), que con elegancia e indulgencia domina el podio principal de la plaza.