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Cinco minutos de vida
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Por: Al Fredo

“...El sacerdote abandona la tarima; se acercan dos hombres a los condenados: los verdugos. Visten hopalandas. Tienen manos gruesas de asesinos, salpicadas de pelos. Suena el clarín. El tambor marca el ritmo y ese fúnebre redoble se repite por los muros del regimiento. Baja, luego renace obsesivo, ensordecedor, interminable... Los conjurados han sido puestos de rodillas. Los verdugos rompen espadas por encima de sus cabezas en señal de degradación. Luego disfrazan a los jóvenes con túnicas blancas de lona, con mangas largas y capuchas
Atan a los tres primeros (Petrashevski, Mombelli y Grigoriev) a las estacas infamantes. Los verdugos les bajan las capuchas sobre los ojos. Una breve orden. Tres pelotones salen de las filas y se alinean frente a los condenados.                                                                                 

“Dostoievski”, pintura de Ernesto Sábato

Dostoievski cierra los ojos. Es el sexto en el orden de la ejecución. Le tocará en el próximo turno. Dentro de cinco minutos estará atado a esas mismas estacas. Dentro de cinco minutos ya no existirá. Una espantosa angustia se apodera de él. No hay que perder esos cinco minutos. Hay que emplearlos lo mejor posible, extraer toda su esencia, toda su secreta alegría, antes de hundirse en la noche. Divide en tres partes el tiempo de vida que le queda. Dos minutos para decir adiós a sus amigos, dos minutos para reflexionar, un minuto para mirar por última vez el mundo.
¿Pero sobre qué reflexionar? ¿Qué mirar? Tiene veintisiete años; está plenamente consciente de su fuerza, de su talento y, de pronto, de la muerte. Existe, está vivo y, dentro de tres minutos, no será nada, o será otra cosa y otra persona. Mira una vez más a la cúpula de la Catedral. Ya no puede apartar los ojos de ese domo radiante de oro y sol. Se le antoja que, de un momento a otro, no tendrá más presencia. Él se convertirá en esa claridad serena. Se fundirá en lo desconocido. Lo acomete un miedo convulsivo ‘¿y si no muriera?, ¿si la vida me fuera devuelta? ¡Qué eternidad...! ¡ y todo esto será mío...! ¡Oh!  ¡Entonces yo haría de cada minuto un siglo, no perdería uno solo, llevaría la cuenta de todos mis instantes para no gastarlos a la ligera...!’
Mientras tanto, los soldados cargan sus fusiles y apuntan. El silencio hace mal. Un grito: ‘¡Fuego!’, y esos cuerpos se desplomarán sobre el suelo con ridícula blandura. Y se los llevarán. Y  los reemplazaran por otros tres. ‘Pero, ¿por qué no tiran?’
Con perfecta sangre fría, Petrashevski se levanta la capucha para ver que pasa. Un Ayuda de Campo agita su pañuelo. Se oye el toque de retirada. Los verdugos desatan a Petrashevski, Mombelli y Grigoriev y los llevan nuevamente a la tarima
El magistrado se adelanta, una vez más, y lee, tartamudeando, un decreto de gracia: ‘Los culpables, que han merecido la pena de muerte de acuerdo con lo establecido por la ley, son indultados por la clemencia infinita de Su Majestad el Emperador...’
La cárcel. El exilio. La alegría golpea a Dostoevski como una maza. ¡Salvado! ¡Qué importa lo demás! Veinte años más tarde dirá a su mujer: ‘no recuerdo un día tan feliz’”.
(Fragmento extraído de “Dostoievski”, de Henri Troyat, 1940)
Fedor Dostoievski, escritor ruso nacido en 1821, tal vez el máximo representante de la novela psicologista del siglo XlX, da testimonio de su salvación. Esto pese a que la historia lo consideró como un gran despliegue escenográfico del zar Nicolás I para inculcar el ejemplo y el temor a los jóvenes críticos del régimen. Dostoievski no fue fusilado pero debió cumplir una condena en la fría Siberia.
No importa el presidio, ni la escena montada por el zar déspota; los cinco minutos fueron eternos aquel día, tanto que Dostoievski se sintió salvado por primera vez. Luego, en “Diario de un escritor” diría: “¿saben ustedes lo que es la pena de muerte? Quién no la haya rozado no podrá comprenderlo...”
Dostoievski enseña que cinco minutos pueden ser suficientes para hallar un sentido. Y que somos un instante único en un caos temporal infinito.