bcd / Bocados Entretenidos   
flc / Falacias Para Pensar   
snr / Sonrisas On Line   
oyf / El Ocio y la Filosofía   
vyp / La Vista y el Placer   
abv / Arte y Buen Vivir   
fyp / Fugas y Preludios   
tlp / Tinta & Liquid Paper   
nstr / Nuestros Lectores   
7ma / Séptima Ilusión   

Achi (2)   
Al Fredo (4)   
Alard (1)   
Alba Barbeito (1)   
Amalita (22)   
Andrés (3)   
Aveju (23)   
Bertini (1)   
Bews (66)   
Bocos (3)   
Caro (1)   
Celina Abrehu (1)   
Chala (1)   
Conti (9)   
Dany (3)   
De Piero (10)   
Diego (1)   
Diego Colombres (1)   
Dr. Sugrañes (1)   
Edmundo Hume (13)   
Elito (1)   
Emmanuel (3)   
Enepe (2)   
Esteban77 (1)   
Fran (20)   
Francisco Jáuregui (1)   
Gaby (12)   
Gatta (7)   
George (2)   
Gloria (1)   
Hernán (1)   
José Barbeito (12)   
Juampi (2)   
Juan (1)   
Juanjo Sirena (3)   
Juje - Caro ZP (8)   
Julito (2)   
Justine (1)   
Laly (4)   
Laura Giraudo (1)   
Laurita (1)   
Lucía Franchini (5)   
Luma (1)   
Martín (1)   
Mecha (26)   
Meli (4)   
Mickey BE (1)   
Miguel (1)   
Mocha (8)   
Motoneta (15)   
Negrah (8)   
Nico (1)   
Nicolás Balinotti (4)   
Nicolás Zavadivker (1)   
Nieves (3)   
Pablo Donzelli (6)   
Prometeo (1)   
Rogelio Ramos Signes (1)   
Rubén Kotler (7)   
Sergio (1)   
Soledad Vanni (1)   
Tito (16)   
Turca (1)   
Unpocodesol (3)   
Valeria Álvarez Ternavasio (1)   
Varona (1)   
Vero (2)   
Víctor (3)   
Vidal (1)   

Los chicos del “B”
////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////
Por: Edmundo Hume

A G. R., y a los Aguirre,
porque iban al “B”.

La Biología Molecular amenaza con descifrar el intrincado genoma humano. Avances similares despuntan en relación con el sistema nervioso. Muchos secretos de nuestra especie quedarán sin escondite o, al menos, sin tantos recovecos freudianos. Qué bueno sería que esos científicos vengan a Tucumán y estudien qué diferencia hay entre quienes cursamos la primaria (y también la secundaria) en las aulas reservadas para los chicos del “A” de aquellos que fueron eternamente los del “B”. Porque para el del “A”, el del “B”, será irremediablemente el otro y, me temo, que ocurre lo mismo al revés, aunque no estoy seguro. No sé qué quieren decir los otros cuando hablan de “los del A”; sí sé, en cambio, qué queremos decir nosotros cuando nos referimos a ellos.
Mientras escribo pienso que estoy violando una regla sagrada del periodismo, una de las que me vanaglorio por la humildad y parquedad que trasunta: no escribir jamás en primera persona, salvo que uno mismo sea noticia o, qué se yo, un Nobel (que no es lo mismo que ser un novel), condición que pareciera dar derecho a todo, incluso a discurrir alegremente sobre el ombligo propio desde el ancho yo. En este caso, sin embargo, no podría escribir secamente y en tercera persona “de los de B”, sin involucrarme, porque quedaría en evidencia que la redactó un orgulloso ex alumno “del A”. Pero dejémonos de rodeos.
El origen de estas anotaciones es una larga crónica que publicó hace tres años el suplemento “Radar”, del diario Página/12. Casi con rigor científico, el texto describía con entusiasmo los universos cotidianos irreconciliables que se levantaban entre aquellos que, cuando niños, allá en los tardíos 70 principios de los 80, por un designio familiar, por azar o porque ese día en el kiosco de la esquina sólo estaba una de las revistas, se habían convertido en lectores de “Billiken” y no de “Anteojitos”. Intuyo, pero no lo he cotejado, que los “del A” nos identificábamos más con “Billiken”. Pero no quiero mezclar los tantos. Podemos dejar el debate para el próximo número de Dixi. Ahora hablemos sobre lo nuestro.
¿Por qué uno es “del A” y no “del B”? Esta pregunta comencé a hacérmela con seriedad durante un reciente asado de egresados del Tulio, esos encuentros que son sólo una excusa para ver al que uno fue (y que sigue siendo), pero con uniforme o guardapolvo, en un sinfín de anécdotas amplificadas por la memoria de otros, que atraviesan el mismo trance que, por lo general, dura lo que ese querido asado o hasta que se repita el próximo. Alguien contó algo sobre “Tatín” Aguirre y otro le reprochó: “pero ése era del B”. Le había querido decir: “calláte, aquí no hablamos de los otros”.
En realidad, aquel interrogante es más remoto. Una prima porteña me sorprendió una vez: “¿vos vas a la sala rosita o a la celeste?”. Yo ya iba a primer grado, era importante, y no estaba para esas distinciones de jardín de infantes y, encima, de una chica que se definía como de Martínez (¿qué quería decir eso?). “Nosotros nos dividimos en A o en B. Además, somos todos varones”, la corté en seco. Pero, desde entonces, me cuestiono acerca de por qué el señor Agüero, de la administración del colegio, había inscripto a Aguirre en “el B” y a mí, en “el A”, con idénticas consecuencias para nuestros respectivos hermanos. ¿Habrá tenido conciencia de que estaba marcando dos destinos para siempre y de que, por su culpa, hoy no compartimos los mismos asados, y eso que vivíamos a pocas cuadras, en el mismo barrio? ¿Por qué, cinco minutos antes de que terminara la clase de Lengua, ya estábamos desesperados por salir al recreo y marcar al “Enano” Fernández en la galería del colegio no fuera cosa de que, con la tapita de la Coca-Cola de su lado y como pelota, nos hiciera un gol y tuviéramos que escuchar hasta el próximo recreo el indignante: “ahí, ahí, ahí, están los pavas”? ¿Por qué el profe Cabanillas les daba clases de Geografía a ellos y no a nosotros? ¿Por qué, más tarde, cuando raramente coincidíamos en una fiesta de 15 en Pinello, no sabíamos de qué hablar si, cuando éramos invitados (no colados), nos tocaba sentarnos en una mesa en la que “los del B” eran mayoría? Durante esos años no había mayor incomodidad que tener que pasar toda una noche con los otros. A mí me sucedió durante un baile de clausura de semana, en el Instituto Técnico, en el que me había desencontrado con los míos. Todo me era extraño: sus bromas, sus empujones y hasta su forma de abordar a las chicas. Yo no sabía si el tonto era yo o ellos. En ese momento hubiera preferido hasta al más desagradable de mi curso. Lo juro. 
Claro, también estaban los que habían nacido en el bando equivocado y añoraban ser del otro. Esos compartían los recreos, luego los viajes, más con ellos que con nosotros. Pero la ilusión les duraba los 10 minutos de la pausa entre hora y hora. Cuando sonaba el timbre volvían a la inapelable realidad de ser “del A”. Los mirábamos como un poco (o muy) traidores.
Pero, en la verdad de las cosas, los otros no existían sino en el recreo, cuando tenían que decirnos qué les había tomado “el gran Pascual” en la prueba de Física que ellos ya habían padecido, o los viernes a la tarde, en el ateneo del colegio, cuando teníamos que vernos en la canchita de fútbol. Aunque ellos sólo hubieran sido ocho y nosotros once, nunca uno “del A” debía reforzar al equipo del “B”. No estaba escrito. Pero no hacía falta. Todos lo sabíamos (incluso ellos), porque no importaba tanto ser campeones como ganarles a los “del B” y, si era posible, por goleada. ¡Qué satisfacción! ¡Qué sencillamente deportiva era la vida!
Los del “A” siempre éramos (somos) más petulantes, supongo que por esa cosa de pertenecer a la letra primeriza del abecedario. La “B”, pese a su doble panza, es más sencilla, expectante, segunda; además hasta tiene una prima lejana, con la que a veces se confunde: la “V”. Como se advierte, la “B” no es exclusiva (ni excluyente) como la “A”. Pero hay algo que vuelve insegura mi hipótesis. Es una observación personal. Mi carnet de conductor dice que mi grupo sanguíneo es el “B-RH (+)”. Confieso esto con miedo. Temo que los de mi curso, fundamentalistas del “A” como yo, no vayan a invitarme al próximo asado al enterarse. ¿Será que toda la vida habré sido uno “del B” que cayó en el aula equivocada? No. Eso no puede ser. Es imposible. ¡Viva “el A”, carajo!        

*El autor es Periodista.


Un avioncito de papel.


Un proyectil de juguete.