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“Argentina se acostumbró a tener confrontaciones casi deportivas con EE.UU.”
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Por: Bews

“Mientras Argentina no dependió directamente de EE.UU., las confrontaciones deportivas no tuvieron costos ni consecuencias. Pero cuando el mundo cambió y se planteó la relación de dependencia, los enfrentamientos con EE.UU. pasaron a ser muy costosos”, afirma verborrágico Carlos Escudé. “Soy el autor de la teoría del realismo periférico” se presenta. Además, es Doctor en Ciencia Política de la Universidad de Yale (EE.UU.), Investigador Principal del CONICET, Docente de la Universidad del CEMA y autor de decenas de libros sobre la política exterior Argentina; sobre lo que debería ser y sobre lo que es –todo según su opinión-. Escudé tiene 57 años y es conocido como el teórico de las llamadas relaciones carnales argentino-norteamericanas de la década del ’90.
Pero Escudé no se amedrenta y, con premura, explica cómo vivió el diseño de la política exterior argentina. Entre 1991 y 1992, fue asesor de Guido Di Tella, entonces Canciller: “esto implicó una experiencia alucinante para mí; tenía un conjunto de ideas plasmadas en publicaciones y, gracias a una coyuntura especial del país y del mundo, esas ideas pudieron materializarse hasta transformar la personalidad internacional de la Argentina”, expone.
El autor de “Estado del Mundo”, observa que esa situación le permitió conocer la lógica del poder: “me permitió comprender la fascinación que sienten los políticos. Pude percatarme cómo un Ministro brilla con luz propia o se apaga según si el Presidente le devuelve o no los llamados telefónicos. Porque el Presidente es la fuente del poder, él decide a quién se lo entrega, cómo y cuándo”.
Escudé debutó como asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores durante una reunión del Movimiento de los No Alineados en Ghana (África). “Sucedió a mediados de 1991. Allí planteamos nuestra discrepancia esencial con las ideas del Movimiento, porque los derechos humanos son fundamentales pero hay que subordinarlos a la democracia. Hasta entonces, esta prédica era una trampa maravillosa, porque todos los dictadores del Tercer Mundo estaban protegidos por el siguiente discurso: ‘hasta que no desaparezcan el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y todos los países tenga el mismo poder, hasta que no reconozcan la dictadura de Ghana, hasta que eso no suceda, entonces los derechos humanos, en nuestros países, se pueden violar’”.

Una política exterior divergente
Jura que la neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial le costó mucho a la Argentina. “Pero esto no significó nada al lado de la Guerra de Malvinas: según mi análisis, este fue el acto más irracional de la política exterior argentina del Siglo XX”, define Escudé. El politólogo agrega: “perdimos ese territorio durante 1833; fuimos a la guerra convencidos de nuestros derechos sin pensar que, con un razonamiento similar, Paraguay podría reclamar legítimamente la provincia de Formosa, que también perdió durante el Siglo XIX, en la Guerra de la Triple Alianza”.
Admite que estos hechos lo convencieron de que algo andaba mal en el país. “Empecé a investigar el contenido nacionalista de los textos de geografía entre 1879 y 1986, para ver qué mensajes de superioridad, qué dogmas había allí que pudieran obrar como constructores del nacionalismo territorial”. Escudé afirma que ahí está el germen de la megalomanía argentina. “Publiqué un primer trabajo sobre este tema a fines de 1988, en un libro que se llamó ‘Patología del nacionalismo: el caso argentino’”. Después vinieron otras publicaciones, como “El fracaso del proyecto argentino: educación e ideología” (1990) y, finalmente, el diseño de la teoría del realismo periférico.
“Esta tesis se funda en la idea de que Argentina tiene cierta autonomía en el ámbito internacional: cuando la acrecienta, hace inversión de autonomía. Cuando la disminuye, hace consumo de autonomía. Este es un juego realista donde el país está inserto en el contexto del mundo; las decisiones originan consecuencias porque la autonomía está directamente vinculada con el poder”, formula Escudé, quien ejemplifica: “¿Qué obtiene la Argentina de su relación con Cuba? ¿Cuántos costos paga por ella y cúanto se beneficia?”
Escudé considera que hoy el país está en una etapa en la que no puede realizar ajustes, aunque convengan.  Analiza: “los márgenes de maniobra internos están acotados por la falta de gobernabilidad crónica. En este contexto, Chávez y Fidel Castro son los aliados para patear el tablero de la deuda externa. Lo que sucede con Néstor Kirchner es que, independientemente de que tiene una ideología de izquierda, le tocó una realidad estructural que no le permite obrar de otra forma”.

Realismo periférico de autor*
“Nunca en nuestra historia tuvimos un éxito tan importante en el que lo práctico (no malgastar recursos en juguetes peligrosos) converge con lo moral (reducir los riesgos que corre la humanidad) por partida doble.
… Al prestigio lo distribuye el poderoso; y no lo adjudica con un criterio de justicia sino de acuerdo con la lógica del poder. Esto explica que se canten loas (muchas veces justas) a las democracias norteamericana, británica y francesa; que se condenen locuaz (y acertadamente) los crímenes de Jorge Rafael Videla y de Augusto Pinochet; pero que raramente se recuerden en forma pública y enfática los aún más atroces crímenes de Francia en Argelia, de los EE.UU. en Vietnam, y de Gran Bretaña en la India. En cambio sí se recuerdan locuazmente los crímenes (todavía mayores) de los derrotados en la Segunda Guerra Mundial.  El prestigio es parte del poder. Sólo el poderoso tiene los instrumentos para dispensarlo y, como el prestigio a su vez consolida al poder desde la esfera de lo simbólico, el poderoso lo dispensa cuando le conviene, a quien le conviene. Lo mismo sucede con el estigma, su opuesto polar.
Es por eso que los medios de comunicación, que con acierto resaltan todas las falencias de América Latina, raramente nos recuerdan que esta es la región del mundo entero que menos gasta en armas y en defensa”.

*Fragmento del libro “El Estado del Mundo”, de Carlos Escudé (páginas 17 y 18). Editorial Espasa Calpe, 1999.


Nuestro lector posa en el Archivo Histórico de Tucumán.