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Señorcitos de Barrio Sur
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Por: Edmundo Hume

“La nostalgia es la tierra perdida con la que el corazón alguna vez soñó”
(de la película Viaje al principio del fin, de Manuel de Oliveira)

Dedicado al “Buzardo”; él entenderá.

Esta noche no me veré con mi novia. Vuelvo a casa caminando. Pese a la poca luz –encima anaranjada- de los postes del alumbrado público de la mentada nueva ciudad en la que vivimos, me las ingenio para leer una y diez veces el e-mail de un amigo que triunfa como dibujante en una agencia de publicidad de Nueva York. No sé qué premio acaban de darle. Pero él me dice que eso no importa; sí, en cambio, que alguna noche se pierda por la Quinta Avenida con la ilusión de escuchar nuevamente al manicero de la plaza Yrigoyen –toda una institución años atrás-, con ese pitido tan melancólico que hacía más invernales –e inconsolables- las tardes de Barrio Sur. Pienso que, sin quererlo, en algún punto amablemente me (se) miente y que jamás toleraría volver a Tucumán. Sospecho que la distancia, tanto la geográfica como la temporal, magnifica las cosas.
Tuve un día siniestro. Y ni quiero pensar en mañana. Mi cuerpo es una cosa más pesada que los ochenta y tantos kilos que debe acumular. Acabo de llegar a mi departamento. Allá afuera –en Barrio Sur, donde yo sí vivo- sigue lloviendo como sólo llueve sobre la triste calle Piedras. Miro por el balcón y no sé por dónde andará perdida Nueva York (más cuando John Kerry perdió las elecciones). ¿Dónde estará él, mi amigo? Sólo me quedan sus palabras, ahora mojadas porque el papel del mail no se salvó del agua. Pero tengo que contestarle. No importa la hora ni el cansancio, ni que en mi heladera, como siempre, no haya más que botellas de agua y una lata de palmitos –encima vencida- que ya ni sé para qué compré.  
Por las calles sólo se siente el ronquido de un ómnibus 10, que seguramente no se dirige a ninguna parte. Y uno que otro perro callejero cumple con su eterna vocación: divagar, insomne (¿dónde dormirán los perros de Barrio Sur?). El semáforo de Las Piedras y Entre Ríos pestañea con desgano. Mientras escribo pienso en ese señorcito, Don Mario, el manicero del que me habló mi amigo, de la dignidad de su desgastado escote en “V” azul; de sus buenazos ojos celestes (¡ay cuando los ojos celestes nacen buenos!), de la puntualidad kantiana con la que todas las tardes de domingo pasaba por la esquina de 9 de Julio y General Paz, para alegrar la “matiné” de los niños que entonces iban al cine Edison, hoy convertido en caótica bailanta. ¡Guau! Pienso en esas gentes que ya casi ni vienen de tan mayores que son, y no hablo de la edad precisamente.
Me entusiasmo. Le digo –a mi amigo- que sí, que tiene razón, que sería muy interesante recopilar en un libro esas historias anónimas para que no se pierdan en el saco roto del olvido. Luego elogio sus dibujos, esos trazos, trémulos, en apariencia ingenuos, pero corrosivos. Pero no quiero desviarme. Meta –agrego- pintemos, con la crónica o con el pincel, a esos señorcillos del barrio, como el que vive aquí a la vuelta, sobre Entre Ríos. Siempre está sentado en una silla de ruedas, en una puerta desvencijada, oscura, centenaria. Sólo él. Solito. Olvidado. En imprescriptible silencio. Abandonado a la muerte, que se demora en llevárselo. Digno sin saberlo (como la mamá de mi amigo, que no sabe que es humorista). Los brazos de este señor se despliegan sobre sus piernas como alas incrustadas en algún obstáculo, sin poder volar. Invierno y verano. Firme. Puntual. Todas las noches, a eso de las 11, ya está sentadito, pero no en la vereda, sino en lo que alguna vez fue un elevado zaguán de esas casas chorizo. Nadie ve cuando lo estacionan allí. 
Cuando salgo de mi trabajo –y no voy a lo de mi novia- ya pienso en que debo pasar para verlo, y hasta me apeno cuando alguna noche de lluvia no sale a “puertear”, como se decía antes en cualquier barrio. No lo conozco, pero frente a tal imagen –majestuosamente goyesca, tan mayor- no me queda otra que ser respetuoso: “¡buenas noches, señor!”. “Buenas, chango”, me contesta él con alguna cercanía. Y yo me siento orgulloso, porque pienso que volvió a reconocerme; que formo parte de su imaginario. Y siempre espera unos segundos, los suficientes como para no verme la cara, quizás porque le da vergüenza andar pidiendo cosas a un desconocido. Entonces, me pregunta educadamente: “Nene, ¿por casualidad no te sobra un cigarrito (así dice; no cigarrillo)?”. “No, señor”, balbuceo.
¡Qué pena me da algunas siestas de verano, cuando el sol azota a Barrio Sur, como si intuyera que la humildad de sus angostas calles parecen tener más afines con el invierno! Lo veo con la cabeza recostada sobre su hombro izquierdo –siempre el izquierdo- y las manos trenzadas sobre el pecho. Hace tiempo que nos ha dejado. Pero es, entonces, cuando más que nunca parece el icono de un barrio y de un tiempo que ya no son y que, sin embargo, siguen allí, firmes, para recordarnos vaya a saber qué.  
“Aún no le compré los cigarritos en el almacén de la esquina, pero debería hacerlo. Es lo que, seguramente, vos harías en mi lugar. ¿O me equivoco? Un abrazo, amigo. Qué bueno fue saberte. Por don Mario, por mi desconocido. Ambos, señorcitos de nuestro Barrio Sur. ¡Salud! Hasta la vuelta”. Así termina el mail que acabo de enviar a Nueva York. Ha parado de llover. No tengo sueño. Daré una vuelta por el barrio. ¿Estará el señor en el zaguán?