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Desencuentros en el subte
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Por: Unpocodesol
Nota de la Revista: este texto sólo está disponible en la versión digital.

CLIC CLAC CLIC CLAC, el taconeo amodorrado de la multitud en trance sacude a la urbe que se despereza en pequeños espasmos y que sale, poco a poco, de su limbo estival. Clic clac clic clac Clic clac. Miles de zapatos, algunos de tacos bajos, mocasines o sandalias, otros altos de tacos aguja, de plataformas de corchos, de yute, de suelas de caucho, de diseños modernos, pasados de moda, y los que claman por el cambio de la media suela y la tapita; todos corren chocándose, empujándose y disculpándose, pero obedecen puntualmente la coreografía de la danza frenético-urbana. Algunos se dirigen hacia el norte, otros hacia el sur, el resto hacia el este o el oeste, y también están los que van hacia abajo: el averno posmoderno se anuncia en cartel luminoso.
Subte Línea D, Congreso de Tucumán-Catedral. Glup. Adentro. La bestia urbana abre de nuevo sus fauces tragándose de un solo tarascón a una miríada de guerreros del asfalto.  En los intestinos de la gran ciudad, todo es crujir y rechinar de dientes. La cola, el gesto distraído y apurado del pasajero al decir: “¡un viaje!”, y hasta la sonrisa marketinera del chico de la ventanilla: “70 centavos, su vuelto señor”. También el latigazo efímero  del ticket que entra y sale raudamente y el hierro frío del molinete que hombres y mujeres empujan con la pelvis, como entrenándose para las futuras durezas del día.
Por delante, los miles de viajeros apurados y los carteles que llevan a más de un destino. La comedia humana está por empezar. Allí viene la ejecutiva treintañera. Soltera ella, consulta su palm, responde llamados, anula, confirma y acomoda en perfectos cuadrados su vida de supermujer. “Todo bajo control”, respira. Detrás, el padre de familia lleva el futuro de los suyos en las espaldas y el pensamiento constante de cuentas impagas y de vacaciones improbables. Unos pasos al costado, el jefe piensa en los aguinaldos de fin de año y la premura con la que tiene que resolver ese negocio, mientras olvida orondo el cumpleaños de uno de sus vástagos. El chico urbano manda mensajes de texto mientras escucha música con su ipod; el abuelo va por quincuagésima vez a hacer el trámite de la jubilación. Aquí y allá, una veinteañera medio rolinga, un hombre sensible, un yuppie, una madre de familia. Un nuevo personaje hace su irrupción: el músico hippón, con su andar cansino y sus rastras, despliega sonrisa, guitarra y voz y los aires de una bossa nova en el largo y frío pasillo: “olha, que coisa mais linda/Mais cheia de graca/é ela, menina, que vem e que passa/…”  De repente, el pasillo se transforma en rambla, y la bóveda del túnel, en sol y mar; los pasos frenéticos de las damas se convierten, como por arte de magia, en bamboleo sensual de caderas. “Ah, ¿por que estou tao sozinho?/ Ah, por que tudo é tao triste/ Ah, a beleza que existe...” Ellos se embarcan gustosos en el viaje abrupto y se vuelven poetas playeros o simples fisgones del espectáculo de la sensualidad garota. Saudades de Ipanema: clin, una pieza de 25, clin, otra de 50, algún billete de 2 y hasta un dólar de turista extranjero llenan las arcas y el sombrero del músico. La felicidad, incluso efímera,  ¿tiene precio? Pero el ruido de la locomotora devuelve a la realidad de aquella mañana tórrida, de humedades escandalosas, de celulares que chillan, del tiempo que no alcanza, del fin de año y sus promesas fatuas. Algunos (los mas apurados estos) corren desaforados, otros deciden esperan el próximo tren.

El frenesí como sola recompensa de la espera
Los pasajeros salen y entran; se esfuman en los pasillos estos; se apiñan como pueden  aquellos. La media rolinga pasea su mirada de pura aburrida hasta dar con aquella del yuppie. Los dos se pierden ahora en elucubraciones estériles de familia, hijos y éxitos improbables (ella) y de rock y resacas jocosas (él), para dos segundos más tarde ejecutar una infidelidad tan fugaz como ficticia. Las miradas van y vienen acompasadas por el traqueteo del andar. Arremeten nuevamente, se dejan para volver a comenzar y las estaciones se suceden: José Hernández, Cabildo, Scalabrini Ortiz. Todo llega a su paroxismo en Bulnes. Ahí la medio rolinga sonríe satisfecha al tiempo que enciende un pucho y baja. El yuppie se entierra en su soledad de avergonzado. “Ay señora, tengo dos hijos, estoy sin trabajo” y.., clin clin clin, las piezas se derraman con discreción y el suplicante desciende también.
“A Juvenal Urbino el olor a castañas asadas le hacían recordar a los amores contrariados”; el hombre sensible piensa que un libro no puede comenzar más dignamente y se sumerge, con avidez, en “El amor en los tiempos del Cólera”.  A la altura de Bulnes, levanta la mirada: una chica puro-diseño entra esparciendo un vaho a vainilla, mastica chicle, mira con ojos vacíos hacia el infinito, manda mensajes de texto, se mira el ombligo. Ipso facto, al hombre sensible se le disparan los recuerdos: el chapoteo en el barro, el juego de la escondida y la torta de vainilla de la abuela Marta. Cupido le abrocha el corazón de un flechazo. Ahora construye un futuro de casa en los suburbios, tres hijos, chapoteo, escondidas y tortas con esencia de vainilla. Pero su castillo, rápidamente, se desmorona (como si fuera de aire) dos estaciones y miles de pensamientos más tarde cuando, indiferente, la chica urbana baja sin mirar para atrás. Los amores contrariados también huelen a vainilla, piensa con honda melancolía y se refugia en el realismo mágico.
El abuelo está en la suya, que vaya a saber cuál es. En Olleros, de repente, se le dibuja una sonrisa en el alma. ¿Recordará tal vez a Elbita, su novia de la juventud y a sus tardes de zaguán? “Señor, señora ¡una ayudita para el ciego!” Clin clin clin. La ejecutiva ignora sus sesiones de terapia y se deja ganar por la culpa. Clin, clin, clin, las tres monedas de un peso por poco le devuelven la mirada al no-vidente. “¡Gracias!”, dice con elocuencia. “PASE SUS VACACIONES EN EL CARIBE”. El afiche de la estación promete un descanso soñado. A la ejecutiva se le evapora la mirada y se acuerda de cuando quería trabajar en un bar en la playa. “¡Ring ,ring!” el ring tone la despierta de su sueño y se dispone a arreglar entuertos. Clin clin, más monedas. La madre de familia la mira con envidia, envidia su vida libre, sus eventos cool, el sushi y el vino; sus viajes con amigas y sus romances de aeropuerto. En Tribunales, el vagón esta atiborrado. Atiborrado de pasajeros, historias melancólicas, sueños desvaídos, ilusiones felices, divagues tristes, proyectos filántropos. Codo a codo como en un cambalache, como la Biblia y el calefón.

Catedral, última estación
Los miles de tacos despiertos se arrojan del vagón, corren hacia el norte, hacia el sur, hacia el este o el oeste, hacia sus trabajos, sus cárceles, sus infiernos o sus paraísos. Todos improvisan una suerte de flamenco caótico. La bestia los escupe pipona. Afuera, el calor es la cruz. La ejecutiva, el abuelo, el padre de familia, el yuppie, el hombre sensible se pierden  en el laberinto de las calles, de las oficinas, de las diagonales de los cafés para perpetuar otro día más la sempiterna comedia del anonimato.

*La autora es profesora de francés.