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Tardío elogio del “Loco” Gatti
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Por: Edmundo Hume

Dedicado a todos los que, como yo,
de chicos, preferían al “Pato” Fillol.

No entiendo. Cuando era chico veía el mundo por los ojos del “Pato” Fillol. Imitaba ese gesto, entre parsimonioso y elegante, que tenía cuando caminaba. Hasta me obstinaba en ser algo que no era en el fútbol: arquero. Por él, pasé siestas enteras reproduciendo cómo se había tirado con sencillez, en aquella noche rosarina, para atajarle el penal al polaco Deyna. Aún recuerdo cuánto abrí la boca, incrédulo, cuando meses después del Mundial 78, a la salida del Tulio, en un pequeño negocio de ropa deportiva ubicado en avenida Mitre al 400, descubrí que vendían la misma camiseta marca “Olimpia”, que él usaba entonces en River. ¡Hasta con su firma en el pecho! Mi papá nunca me la compró, entre otras cosas porque en la familia éramos de Racing, pero todas las tardes pasaba frente al local y, de antemano, envidiaba al niño que iba a ponérsela. Imaginaba que, como “El Pato”, iba a ser ese solitario bien peinado que siempre estaba cuando lo iban a buscar al área. Porque Fillol era un existencialista con pantalones cortos y polera verde, que sobrevivía como nadie a las arteras embestidas que, como la vida, supone una cancha de fútbol. Era un escéptico ordenado que controlaba el drama sin saberlo. La vida eran los tres palos debajo de los cuales él volaba en silencio, sin ademanes.
Hace unos días escuché a alguien que, a propósito de la crisis de arqueros que padece la selección, decía que desde Fillol no volvió a haber un indiscutido en ese puesto. Es cierto. Pero Fillol hoy no sería la leyenda que es sin “El Loco” Gatti, al frente, en Boca, como la mitad astillada y fallada de ese espejo impecable que era “El Pato”. Ya lo resolvió un cura hace mucho tiempo: no hay drama sin antagonismo. Porque aquello no era sólo la discusión entre dos tipos que competían para que les hicieran menos goles; en el fondo, representaban dos opciones vitales, ideológicas, estéticas.
Como a mi papá, a quien le fastidiaba, Gatti me resultaba incomprensible, casi un dibujito animado. Con su vincha amarilla a más no poder, las medias grises de vestir debajo de los botines, y unas chombas fosforescentes, que eran toda una rebeldía en aquellos 70 demasiados oscuros. A veces aparecía con un alpino negro, un vaquero corto desflecado arriba, y el número cero en la espalda. Eso sí: siempre feliz. Y no era frivolidad. Había algo de Carlitos Balá en él: la risa como soporte, como resistencia -que no anestesia-, en medio de tanto espanto. Si Fillol parecía un actor del por entonces nuevo y pensativo cine francés, Gatti era un cómico italiano definitivo. No era una metáfora: en cada centro salía a cazar mariposas y lo hacía con tanto optimismo que, a veces, tenía la suerte de que embolsaba una pelota marca “Tango”, bien embarrada. Hasta se ofrecía como Cristo para que lo crucificaran, pero los delanteros, al parecer, se apiadaban de esa cristiana improvisación, encima en domingo, y se la tiraban al pecho. Yo no podía entender que, en el barrio, cuando jugábamos a ser alguien o algo que no éramos, siempre alguien dijera: “pido ser el ‘loco’ Gatti”. Encima, la elección iba acompañada por algo –mucho- de entusiasmo y la expresión de ánimo victorioso: “grande ‘El Locooo’”. Sobre Fillol escuché las mayores reverencias, comparaciones con el ruso Lev Yashin o con el español Zamora, “El divino”, pero jamás esa risita cómplice, invencible como la de Paul Newman en “El indomable”. ¿Será que aquellos chicos ya veían algo que a los otros, los que preferíamos a Fillol en parquedad y con el ceño fruncido, nos costó muchos años digerir? Ha corrido mucha agua debajo del puente, para recurrir a un necesario lugar común. Hoy es domingo y, sin embargo, no extraño tanto al “Pato” Fillol como al “Loco” Gatti. No entiendo.

* El autor es periodista.