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La humedad mata, como la soledad
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Por: Unpocodesol

Abrió la puerta y, ya en la calle, se ciñó el celular en la cintura, se acomodó el jopo y encaró con paso firme, como cada nuevo día en la jungla. Jungla de hombres y mujeres, de autos, de peatones, de polución, de marquesinas, de ruidos molestos, de calles sin nombre. Un paso, dos, y… ¡avanti versalieri!, que hay que vencer con el cuerpo la pesadez de esta mañana tórrida de marzo: ni rastros de la frescura del alba. El pronóstico para hoy anuncia 40 grados de sensación térmica y probables precipitaciones. Todos aguardan la lluvia después de una semana de agobio; es el tema obligado en esos no-lugares que abundan en la urbe, como el ascensor, los pasillos, los baños, una cola: “¿cuándo lloverá?, ¡lo que mata es la humedad!”
El hombre, cual guerrero frente a una batalla inminente en el escenario de los zombis, circula con la mirada perdida en el cielo,  a la espera de alguna gota que palee tanto fuego. El hombre sabe que en un rato chapaleará en su propia transpiración, mientras los pensamientos le caen como piedras: la conversación que se debe con su amigo; el informe que no presentó; los buenos propósitos abandonados; esa rubia tremebunda de la oficina, y la humedad.
La multitud sintetiza las instantáneas de un anonimato igual de descorazonador: miles de trajes caminantes, zapatos, polleras finas, vaporosas,  mocasines, zapatillas, celulares que chillan, cuerpos en forma, anteojos negros adosados a una marea de caras parecidas unas a otras. De repente, una silueta se dibuja en la masa, y por algún mecanismo de la mente, adquiere forma, textura, color, y el gris de lo anodino se convierte en ojos, boca, nariz. De los ojos surge una mirada y, de la boca, un gesto (la nariz tiene su carácter). El rompecabezas encuentra sus partes hasta conformar una persona, que ya no es un conjunto de rasgos fragmentados, de piernas y brazos que luchan por abrirse paso en la ciudad: es el rostro de una mujer, que se acerca poco a poco para recordarle otras caras, de otras ciudades, de otras vidas, de otras mujeres.
Una cara que lo devuelve ipso facto a la infancia, a su casa, a su barrio, a su madre. La mujer no lo ve (¿en qué pensará?, ¿en los problemas domésticos?, ¿en sus hijos?, ¿los tendrá?, ¿en su marido?, ¿tendrá?). En la historia de esta dama desconocida está contenida la historia de todas las mujeres: ¿qué la hace feliz, señora? Pasa rauda por su lado, lo mira –o cree que lo mira-, parece sonreírle, lo roza y, con un perdón fugaz, se hace humo entre el gentío.
Ya está, esta cara, tan próxima por un instante, se funde entre millones de ojos, bocas, narices, brazos, y piernas que suben, bajan, corren, trepan, y contestan celulares. El hombre se pierde en la semántica de probables amores perfectos, de casa en los suburbios, de hijos en potencia, pero nunca lo sabrá. No importa.
La revelación de que la ciudad también puede entregarle una cara, con una historia que se encuentre con su cara y su historia, le devuelve el alma al cuerpo. La sonrisa le inunda la mirada. Ahora tiene que correr, a toda velocidad.

* La autora es profesora de francés.