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La siesta futbolera que nacía a media mañana del viernes
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Por: Edmundo Hume
Nostalgia sin estrago
Cuando iba al colegio, los viernes a la tarde comenzaban mucho antes, exactamente después del recreo largo de las 10.30. Era la hora en que empezaba a circular una hoja finita, marca “Gloria”, arrancada apuradamente de alguna carpeta, con la formación del equipo del curso, que iba a jugar en el Ateneo del Tulio una fecha más del campeonato interno.

 El mismo ritual de siempre, en verdad, no hacía falta. Desde el primer día de la secundaria había estado claro quiénes íbamos a ser los once, y pasaban los años y, salvo por algún retoque en el arco como consecuencia de la preocupante fractura de tibia y peroné que sufrió Loza, la nómina seguía invariable. Lo curioso es que, tratándose de fútbol, (una disciplina de la que todos nos creemos más que entendidos), los excluidos no decían ni pío. Por el contrario, hasta iban a vernos y se ponían detrás del arco que defendíamos. Y siempre nos advertían que el “Enano” Fernández, de nuestros rivales del “B”, se había desmarcado, o que el indescifrable “Negro” Roldán, de cuarto “A” -el de las medias caídas-, le ganaba las espaldas a Frías. A mí, mientras tanto, me reprochaban que cuando nos hicieran un gol, se me iban a ir las ganas de salir jugando del área en lugar de despejarla detrás de los árboles de la calle Asunción. Demás está decir que no nos recriminaban con la formalidad con la que yo lo estoy haciendo ahora.

Pero vuelvo a las 10.30. Aunque quedaban por delante dos horas de clases, para nosotros la semana ya se había terminado. Uno, con ansiedad, comenzaba a pensar si “La Mary”, la chica que trabajaba en casa, se habría acordado de lavar la camiseta azul del curso, como se lo había implorado el martes mientras ella veía “Trampa para un soñador”. Seguramente, no. También discutíamos quién iba a pasar a buscar a quién si el padre de uno de nosotros, finalmente, decidía prestarnos el auto. Total era por un par de horas. Eramos felices sin pretenderlo siquiera.

"Uno, con ansiedad, comenzaba a pensar si “La Mary”, la chica que trabajaba en casa, se habría acordado de lavar la camiseta azul del curso, como se lo había implorado el martes mientras ella veía “Trampa para un soñador”. Seguramente, no".

Yo ahora me veo regresando contento a casa y apurado por comer, de manera de poder volver rápido al colegio. Y aunque a veces nos tocaba jugar como a las 5 de la tarde, a las dos y media ya estábamos golpeándole al “Tuerto” Pepe, el encargado, para que nos abriera la puerta del Ateneo, porque siempre había algo para hacer: dirigir el partido de los cursos más chicos, ir a buscar las pelotas a la dirección –que siempre había que inflar- y hasta ofrecerse para reforzar a algún equipo al que le faltaran jugadores (nunca al del “B”, claro). Eso sin contar las tertulias de los compañeros de la misma división que se armaban a la vera de la cancha. Cada curso tenía su rincón. Nadie se lo había asignado, pero así eran las cosas. Uno llegaba y encontraba a los suyos hablando con excitación del quince que esa noche íbamos a tener en Pinello. Decir “íbamos” es demasiado, porque, en realidad, los invitados con tarjeta nunca eran más de cinco, entre los que, por supuesto, no me encontraba yo. A los otros nos tocaba colarnos, como Dios manda, con el vaquero –pese a la oposición de nuestros padres, que lo veían como un signo de mal gusto-, el saco azul (o blazer, según la estación) y la corbata en el bolsillo… Siempre había alguno (el “Mono” Lamarca) que llegaba a la antesala parco y mal gestado -hubiera dicho mi abuelo-, como fastidiado por haber tenido que abandonar la siesta en el único día en el que uno podía dormir sin culpas y en extenso. Pero ese sabía que, aun con desgano, no podía faltar, porque si lo hacía corría el riesgo de ser reemplazado el próximo viernes. No había técnico, pero estaba resuelto sin que ninguna norma escrita lo dijera. Era el reino de la costumbre aplicado con rigor desde la testarudez de nuestros 16 años.

Otra institución que funcionaba era la de los cambios. Los había de dos clases. Aquellos que uno improvisaba alegremente, con algo de caridad cristiana, cuando íbamos ganando con baile; entonces, cuando terminaba el primer tiempo, uno miraba a “Trovato” Cuozzo y le decía: “entra vos en mi lugar”. El otro cambio era más complicado, porque implicaba reconocer –¡ay qué difícil!- que uno estaba jugando muy mal y que debía salir. Ya no se trataba de algo facultativo. En esos casos, siempre otro (García Toro o “Huevo” Cerisola) era el que se animaba a levantar la cabeza y señalar: “me parece que vos ‘Negro’ tenés que salir un rato”. Y uno sabía que ese rato era hasta el próximo viernes a las 10.30. ¡Qué tristeza!

*El autor es periodista.


"Yo ahora me veo regresando contento a casa y apurado por comer de manera de poder volver rápido al colegio".