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Vestida de lentejuelas
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Por: Pablo Donzelli
Para llegar a la casa de Irene Auvieux hay que subir unas largas escaleras que apenas esbozan un descanso. Si alcanza la cima, señor lector (o señora lectora), encontrará un espacioso lugar muy cálidamente iluminado y decorado. Es una casa estudio taller galería de arte estacionamiento de bicicletas bar sala de conferencias.
Allí se realizó la entrevista que la revista DIXI me encargó para seguir descubriendo a sus lectores.

Irene tiene muchas actividades y se nota -en su decir, y en los movimientos con los que acompaña su discurso- que energías no le faltan.
Primero se define como docente. Es maestra de plástica rural desde hace trece años. Una de las escuelas queda a cuatro kilómetros de la ruta. Dice enseñar el lenguaje artístico, “un camino a lo creativo, otras inteligencias que preparen al niño para resolver problemas”. Irene no puede evitar hablar de la realidad social, pese al peligro de que la declaren ex tucumana (le pasó, entre otros, al escritor Tomás Eloy Martínez). Cuenta que los chicos llegan al aula con muchas dificultades de aprendizaje. “Tal vez por problemas nutricionales”, ensaya. Habla de los planes que cobran sus padres y de los bolsones. De la falta de materiales. “La escuela es para ellos, quizás, la única oportunidad de pensar una realidad diferente”, persiste.

Arte por los poros
“¿Qué es el arte?”, pregunto. Todavía no me contesta. Me comenta que acaba de terminar de pintar el vestuario de “Rosita la Soltera”, una adaptación local de la obra de Federico García Lorca. Confiesa: “resultó apasionante investigar y resolver la cuestión, que debía parecer como coloreado por acuarelas”. Después de mucho probar, usaron pistolas y un compresor para autos. También fue necesario pintar los vestidos con la gente adentro.

"Cuenta que los chicos llegan al aula con muchas dificultades de aprendizaje. 'Tal vez por problemas nutricionales', ensaya".


Vuelvo a preguntarle qué es el arte y me habla de un lenguaje, de códigos, de formas, de una manera de hacer.
Ella vive del arte, “por sus brechas y huequitos”, define. Crea las situaciones. Estuvo en “Los Puppis”. Cada película infantil que llega al público la lleva a modificar la vidriera de Video Visión (25 de Mayo y Santa Fe); se da cuenta de que hizo un buen trabajo “según la cantidad de deditos que quedan marcados en el vidrio”.
A los cinco, Irene quería estar en el teatro. Recuerda que se imaginaba actuando, vestida de plumas y lentejuelas. Hoy deambula por múltiples actividades, siempre detrás del escenario. “Nunca me pensé en una oficina”, reconoce.
No me queda muy claro su definición de arte; intuyo que Irene es de aquellas que hacen camino al andar. En lugar de construir el concepto y buscar marcos que limiten su trabajo, anda regándolo todo de hechos creativos.
Pocas cosas le gustan de Tucumán: los paisajes, agosto, los niños de Leales, mis amigos y el mundo artístico incipiente. Al respecto, opina que no falta la gente trabajadora, con muchas condiciones, aún cuando no hay ninguna decisión estatal de apuntalar. “El Estado no hace nada, pero la gente hace cosas”, agrega a último momento.
Es muy didáctica cuando enumera los adjetivos viscerales que le provoca la reforma constitucional. Resumiendo: asco.
Interrogo: “¿esta realidad puede mejorar?” Responde: “desde el arte, todo puede cambiar, desde el arte uno siente que respira”. Irene busca inhalar y exhalar, busca espacios para respirar. Hay mucho de esto en su casa, y en la escuela rural donde trabaja. Allí lo que sobra es aire puro. También lo busca en el contacto docente con los chicos. Atrapada por el arte, se embarca en viajes reales, vestida de lentejuelas. No por nada su casa está arriba, al final de eternas escaleras con un esbozo de descanso.
 
Trapitos al sol
La entrevista no fue cosa sencilla. A Irene le falta tiempo; lo suyo es casi exasperante. Pero fue esperada, porque había sido elegida. Y cuando hay un objetivo concreto, ningún otro resulta satisfactorio. Odiosos planes B. Pero Pablo e Irene lo lograron. No sin quejas (“lo hice a las apuradas”, escribió el autor).
Algo más sobre la entrevistada: los sábados dirige un taller de arte para niños (a veces van más de veinte). Trabajo plástico y merienda se enredan en una tarde divertida. Tiene más de 30 y menos de 40. Está casada con el artista Rubén Kempa.  

* El autor es psicólogo y escritor.


Irene vive en una casa estudio taller galería de arte estacionamiento de bicicletas bar sala de conferencias.


Los chicos crean por ósmosis, tan naturalmente como los adultos destruyen.


Un dibujo en el piso y manitos traviesas que juegan a imaginar en el papel.