bcd / Bocados Entretenidos   
flc / Falacias Para Pensar   
snr / Sonrisas On Line   
oyf / El Ocio y la Filosofía   
vyp / La Vista y el Placer   
abv / Arte y Buen Vivir   
fyp / Fugas y Preludios   
tlp / Tinta & Liquid Paper   
nstr / Nuestros Lectores   
7ma / Séptima Ilusión   

Achi (2)   
Al Fredo (4)   
Alard (1)   
Alba Barbeito (1)   
Amalita (22)   
Andrés (3)   
Aveju (23)   
Bertini (1)   
Bews (66)   
Bocos (3)   
Caro (1)   
Celina Abrehu (1)   
Chala (1)   
Conti (9)   
Dany (3)   
De Piero (10)   
Diego (1)   
Diego Colombres (1)   
Dr. Sugrañes (1)   
Edmundo Hume (13)   
Elito (1)   
Emmanuel (3)   
Enepe (2)   
Esteban77 (1)   
Fran (20)   
Francisco Jáuregui (1)   
Gaby (12)   
Gatta (7)   
George (2)   
Gloria (1)   
Hernán (1)   
José Barbeito (12)   
Juampi (2)   
Juan (1)   
Juanjo Sirena (3)   
Juje - Caro ZP (8)   
Julito (2)   
Justine (1)   
Laly (4)   
Laura Giraudo (1)   
Laurita (1)   
Lucía Franchini (5)   
Luma (1)   
Martín (1)   
Mecha (26)   
Meli (4)   
Mickey BE (1)   
Miguel (1)   
Mocha (8)   
Motoneta (15)   
Negrah (8)   
Nico (1)   
Nicolás Balinotti (4)   
Nicolás Zavadivker (1)   
Nieves (3)   
Pablo Donzelli (6)   
Prometeo (1)   
Rogelio Ramos Signes (1)   
Rubén Kotler (7)   
Sergio (1)   
Soledad Vanni (1)   
Tito (16)   
Turca (1)   
Unpocodesol (3)   
Valeria Álvarez Ternavasio (1)   
Varona (1)   
Vero (2)   
Víctor (3)   
Vidal (1)   

Del barrio al centro (excursión infantil)
////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////
Por: Edmundo Hume
Nostalgia sin estrago
Aquella mañana de mis diez años me levanté sabiendo lo que me esperaba. Mi mamá me había advertido la noche anterior -no exactamente con estas palabras- que ya estaba bastante grandecito como para que mis papitos tuvieran que andar comprándome algunas cosas, como el cuaderno de comunicaciones, que debía llevar ese día, sin falta, al colegio.

Estaba bien que ella me hiciera los dibujos para Actividades Prácticas o que, con la ayuda del incansable "Simulcop", el Cabildo de Buenos Aires me saliera bastante parecido al real cada vez que se aproximaba la Semana de Mayo. Pero aquello era demasiado.
El niñito -que venía a ser yo- tenía que crecer, que no era cuestión. Entonces, después de la leche con Nesquick, comenzó a esbozar el planito que, solito, debía seguir meticulosamente para tomar el ómnibus seis en la esquina de casa, en el barrio Modelo, y descender en la parada de 24 de Setiembre al 600. Las instrucciones mandaban hacer cola en la gran librería que había en esa cuadra, controlar el vuelto, caminar rápidamente en dirección de la Iglesia Catedral, ojo, sin hablar con nadie y sin detenerme siquiera para, finalmente, abordar el colectivo de la misma línea que, si me apuraba, iba a tomar casi vacío -¡iupi!-, lo que iba a permitirme disfrutar del largo viaje de regreso a casa. Allí, finalmente, podría contarle la hazaña a mi hermano, a quien, siempre más audaz, la pena que me había impuesto la mamá le parecía algo repava, como andar en bicicletas sin manos. O permanecer en la Pelopincho debajo del agua, durante un minuto, sin respirar, mientras nos mirábamos -¿te acordás?- y nos decíamos desesperadamente con las manos: “dale, perdé, rendite, volvé a la superficie, que no aguanto más, me ahogo, por favor”, y yo terminaba cediendo y me sentía silenciosamente feliz, aunque ponía cara de desazón, porque él salía gritando de la pileta que le había ganado a su hermano mayor y había que aguantarlo -sí, aguantarte- esa larga siesta.
El plan, en los hechos, se cumplió con mayor perfección que con la que fue tramado. Pero en el papel, como siempre suele suceder, no figuraba el temblor que sentí durante aquella hora y media que habré demorado en pasar de las seguridades del transporte escolar a las de un viaje iniciático e inseguro, como lo es siempre la zambullida en lo público, rodeado de caras desconocidas, que ni me llevaban el apunte, pero que a mí se me hacía que escrutaban mi alpino azul -porque aquella tarde iba a tener clase de gimnasia-, el espanto que gobernaba mi cara o los puños cerrados con los que fui y volví.
Iba en la fila de los asientos individuales, pero era víctima de tal rigidez que aquella vez ni siquiera jugué a mirar por la avenida Belgrano, para decir “ahí vive Vigo y allá Amarillo, y ese que está por entrar al café, frente a la Raúl Colombres, es el padre de Norry”. Apenas si pude mirar hacia la casa de mis primos cuando el ómnibus pasó por 24 de Setiembre y Rioja. Creo que, aunque aún faltaban como cinco cuadras, me paré y comencé a pensar si iba a optar por bajar por la puerta delantera e iba a decirle “esquina chofer” o si iba a jugarme por la trasera, variante que podía liberarme de la segura reprimenda del conductor, pero que tenía la dificultad de que, oh Dios, no llegaba al timbre. Claro que mi inexperiencia me impedía saber que mi parada era la misma que la del resto de la gente. No era original ni en eso. En consecuencia, descendí a los empujones, y otra multitud, qué miedo, esperaba dentro de la librería y yo, mientras sacaba número, me debatía en cómo haría para pedir un cuaderno de comunicaciones, como si se hubiera tratado de un tomo perdido de la Enciclopedia Británica. Cuando, finalmente, me llamaron a rendir el examen, algo me impidió hablar, por lo que atiné a señalar: “señor, por favor, eso que está ahí”, y el señor vendedor, que estaba apurado por avanzar, rápidamente me indicó que pasara por la caja. Pagué  y salí convencido de que me había recibido de niño listo. Caminé sin detenerme -como me habías dicho mamá- hasta la Catedral, me persigné, obviamente, y agarré justito el seis, y encima vacío, que iba a llevarme ansiosamente a casa, porque sí, lo había logrado, había ido y vuelto al centro sin novedades. Ya me imaginaba con la soltura y tranquilidad con la que iba a contar la historia a mis amigos. La sorpresa es que esa tarde, en el recreo largo, uno me ganó de mano y relató que él compraba solo los cuadernos de comunicaciones desde los ochos años. Y lo dijo con tal seguridad que todos lo creímos. "Lo peor es que, al final, no sirven para nada", remató.

*El autor es periodista.


Pisa pizuela...¿que pisan tus pies?


¿Que la zuela de mi zapato no vale? Para Gi con cariño de las amables chicas Dixi