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Tierra de músicos y de caña de azúcar
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Por: Bews
Julio Manzur (25) sube primero. Deja caer el último demo de Sr. Valdez, que suena enseguida. Rodrigo Arias (42), con celular acosado, asciende segundo. Ya está el fotógrafo instalado. El microcentro del viernes a las 18.30 no es cosa de niños; la jungla se despeja y aparece Federico Falcón (45). El auto parte con destino a los bellos cañaverales tucumanos. Allí atardecerán todos.

Biografía arrebatada
Arias –“El Payo”- es el histórico bajista de Los Guayaberos. La banda ahora hace rock latino pero emergió con la salsa como credencial. Es de los 80, alcanzó notoriedad a fines de los 90 y, luego de un paréntesis, está de regreso. Nadie discute su mérito.
Mano e’ Mono tiene un líder carismático en la persona de Falcón (Fede). Y Tucumán, un grupo que puja por mantener vigente los ritmos caribeños y sudamericanos. Falcón compone, canta, hace la percusión y gestiona hoy más que nunca, porque el grupo prepara el lanzamiento de su segundo disco. El año no concluirá sin CD.
Manzur –“El Turco”- pertenece a Sr. Valdez. Es el señor cantante y también el showman. Mal no está, alguien tiene que divertir. Y salir en las fotos. Su banda (conjuga reggae y ska con reminiscencias punk) ganó terreno y está a tiro de dar el salto decisivo. De Tucumán al más allá.
Falcón es comerciante de artesanías, Manzur estudia una carrera de las ciencias económicas, y Arias regentea una imprenta. Pero esto queda para la anécdota.

Azúcar para el encuentro
Rodrigo conocía a Federico, y este a Julio. Julio solamente conocía a Federico, así que DIXI propició las presentaciones de rigor. No hubo hielo para romper, no hay frío que valga para las máquinas de hablar.
Ellos aceptaron mansamente la propuesta de partir en busca de un fondo de caña de azúcar. Las fotos en campo ajeno, con la luna como señora del plantío, registraron la pose sencilla y relajada de tres músicos hermanados por la vocación y por el desafío de vivir y producir en Tucumán. Nada de lo que aquí sucede les resulta ajeno. Ni siquiera lo que pasa más lejos, como la tragedia de República de Cromagnon. “Tocar ahora es más duro que antes. Uno siente la persecución”, arriesga Manzur. El debate queda inaugurado.
-¿Están de acuerdo con la frustración del recital de Callejeros en Tucumán?
-Federico: es un tema ríspido porque hay 200 almas de por medio. Está muy politizado. Lo aprovecharon para voltear a Anibal Ibarra. Si te ponés a pensar, al menos uno de la banda debería estar tras las rejas. Si está Omar Chabán, parece justo que haya otros. Estoy de acuerdo con la suspensión.
-Julio: es como hablar de Malvinas. El gobierno se sintió presionado por la opinión pública y actuó en consecuencia.
-Rodrigo: hasta que la sentencia no está firme, no hay culpables. ¿Por qué no pueden tocar?
-Federico: está el caso de Pearl Jam; en un show en Copenhaguen (Dinamarca) murieron seis de sus fans. Estuvieron diez años sin tocar por respeto a las víctimas del pogo. Los músicos consideraron que eso era terrible. En cambio aquí, Callejeros no tomó conciencia. Aparece “Pato” Fontanet  (líder de la banda) dando explicaciones, justificándose… no sé, por lo menos se tendría que haber suicidado después de lo de Cromagnon. Sin embargo, es mentira que Central Córdoba no reunía las condiciones de seguridad. Esta fue una excusa del gobierno tucumano.

Papel picado
“Agarré la guitarra porque mi intención primaria era conseguir chicas. Básicamente eso. Después me hice músico”, define Falcón. El comentario viene a colación de una apreciación de Manzur: “las fiestas de Los Guayaberos eran sinónimo de mujeres”. Rodrigo asiente y duda: “es verdad, las chicas iban a vernos; todavía no sé bien por qué…”.
-¿Por qué no hay una relación aceitada entre las bandas tucumanas?
-Federico: hay rispidez y competencia, pero no de la sana. Aún así, dentro de los distintos géneros aparecieron movidas, como la de la banda Gran Valor que se adueñó del reggae. Señor Valdez está generando algo similar en el ska.
-Pero si hay un avance en la cooperación, todavía no tiene peso significativo.
-Rodrigo: siempre invitamos a músicos y a otras bandas a nuestros recitales. Luzbel estuvo. Lo que no veo bien es que esto sea defensivo, como decir: “nos juntemos para que parezcamos más”. Cada banda, para mí, tiene que bancarse un trabajo conjunto, sostenido y, a partir de ahí, tocar con otras en iguales condiciones. Nosotros nos sumamos a las fiestas, que tienen su convocatoria, y se defienden solas. Sólo vamos a aportar en función de nuestro peso.

Telón de fondo
“La mejor virtud del grupo es la química que genera entre los miembros y que permite subsanar errores automáticamente, casi con la misma velocidad que se cometen. Frente al desliz, hay que cambiar todo el esquema ensayado para dar lugar a la improvisación”, manifiesta Manzur. Arias había filosofado, un minuto antes: “en la banda siempre estamos al filo de la equivocación, de comernos un arreglo, por ejemplo. A medida que tocamos, este riesgo disminuye”.
-Pero ustedes saben que el público normalmente no se da cuenta de esos errores…
-Federico: no se da cuenta pero cuando hay un error, la banda lo sufre y eso se transmite, porque una equivocación te cambia la cara.
Arias insiste: “es fundamental sentir que hacés cosas que te gustan, que admirás y respetás a la persona que está a tu lado, en el escenario. Y que eso también viene de regreso. Con esa comunión, la banda produce una energía inmaterial, inexplicable, que la sentís. Sentís que todo cuadra”.
-Es curioso lo que pasa con la música, porque el argentino es más bien individualista.
-Julio: es muy distinto cuando todos tiran para el mismo lado a cuando cada uno tiene su propio interés. Ahora, si el objetivo es común, las cosas salen mejor y más rápido. No hay que olvidar que la música sale de adentro de uno y que necesita cierto clima.
-Rodrigo: la banda no puede tener un egocéntrico, porque frena la evolución.

Nos vamos
Las máquinas de expresar, productoras de palabras, canciones y sonidos, no decaen con la llegada del crepúsculo. Quizás ni lo advierten, por la música. 
“Si hoy se termina nuestra historia, nos juntamos de vuelta en 80 años y tocamos para nosotros, porque así empezamos. Hemos forjado una amistad, una relación donde compartimos el apellido: Valdez”, reconoce Manzur. Hay emoción en su voz, como sabiduría en la de Falcón: “si se acaba Mano e’ Mono, inmediatamente comienza otra etapa. Si hay un fin es porque todo termina. No pienso dejar la música, me la llevo puesta vaya donde vaya”. Arias, en tanto, vuelve a la carga con la energía: “lo que te da la gente es alucinante; lo que para mí justifica el trabajo, porque organizar una fiesta no es sencillo. Pero uno sale con más vida y eso compensa”.

***

Guayaba gratis en la red
“En el sitio web tenemos cargados nuestros discos y a las canciones nuevas las vamos a publicar con y sin arreglos. Queremos mostrar cómo el proceso de la banda transforma una idea matriz”, anticipa Rodrigo Arias. El sitio web de la banda es: www.losguayaberos.com.ar

***

Al menos medio tiempo
Excepcionalmente un músico tucumano puede vivir de la música en Tucumán. Es el gran drama del rubro. “En mi caso, le dedico al menos medio tiempo. La mitad del día de cada día. Aquí es muy fácil vender panchuques, mucho más complejo desarrollar una banda como empresa. Hay competencia fuerte y si el grupo no genera un hit,  no vende. El tiempo juega decisivamente”, postula Federico Falcón.

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Presente por presión
¿Los músicos versus el poder? La relación está signada por la tensión. Y por la mutua indiferencia. “Al último, el gobierno se vio obligado a mostrar cierto interés por la presión que ejercieron algunas bandas. A veces creo que el Estado nunca le dio bolilla al rock porque el rock nunca le dio bolilla al Estado”, arriesga Julio Manzur.

 


Super producción de DIXI en un viernes de invierno.


Julio Manzur.


Fede Falcón.


Rodrigo Arias.