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Viaje al mundo del revés
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Por: Mecha
La travesía había comenzado como una pesadilla. No fue el mejor apertura el vuelo de la devaluada y decadente Iberia del mismo día que los londinenses desbarataron un supuesto atentado contra la sacrosanta autoridad de su majestad the Queen (ya no tiene nada de sacra ni de santa la pobre mujer). Tampoco ayudó el tener que abrir los bolsos para permitir una revisación indiscreta, descubrir que le habían robado el celular a Matías Longoni (periodista de Clarín), sentir una cuasi violación en los cateos policiales de los controles y el presenciar el interrogatorio exhaustivo a uno de los periodistas más respetados de los diarios capitalinos, que se había convertido en sospechoso de terrorismo por el sólo hecho de llevar el pelo largo.
Iniciar un viaje con lo peor de la paranoia ocasionada por los buenos muchachos (George Bush & Tony Blair S.A.) es empezar con el pie izquierdo. El grupo iba con el ánimo por el suelo en el avión a Oslo, la capital de Noruega. ¿Qué podíamos esperar de este país, que tiene el PBI per cápita más alto de Europa y que produce tecnología tanto como nosotros soja? Nos imaginábamos ciudadanos soberbios de riqueza y de frenesí laboral, más una nueva sesión de revisaciones violatorias y algún otro robo a nuestras pertenencias sudacas.
Craso error. La primera imagen de Oslo fue un aeropuerto silencioso de madera y pajaritos cantantes sobre un árbol. A Noruega, un país con pocos habitantes en su capital (200.000 apenas) y un rosario de pueblos en su accidentada geografía, parece importarle un corno la amenaza del Islam, la integración europea y la productividad. En toda la estadía no conocimos ni a un sólo ciudadano histérico. “¿Cuál es el secreto?”, nos preguntamos a bordo de un tren decorado con carteles que dicen “prohibido hablar por celular”. 

A contrario del álgebra
Noruega era el patito feo de Europa, un pueblo pobre, poco apto para la agricultura, con mucho frío, y alternativamente dominado y saqueado por suecos o daneses. Pero, a fuerza de perseverar, en 1905, los noruegos se rebelaron de Suecia y nombraron rey a un príncipe danés que fundó una dinastía muy peculiar. La historia noruega, a diferencia de las de otras naciones, tiene un presente feliz entre otras razones gracias a que, 30 años atrás, descubrieron petróleo y se hicieron ricos. Y se hicieron más ricos todavía cuando decidieron desarrollar la industria pesquera, forestal y tecnológica. Nadando en plata, los noruegos se dan el lujo de decirle NO a la Unión Europea y de hacer la suya.
El campo es uno de los sectores más curiosos. En Noruega, el orden de los factores es inverso al que impera en Argentina. Sin embargo, la ley algebraica no se cumple porque el producto no es igual en ambos países: los fondos que el Estado obtiene por impuestos a la industria y a los servicios subsidian el 50% de la producción agrícola para evitar el desempleo y el despoblamiento del interior. El alto nivel de ayudas estatales es apoyado por la población, que tiene una alta estima por la actividad rural, y hasta el ministro de Agricultura, Terje Johansen, exhibe orgulloso sus orígenes granjeros.

"En toda la estadía no conocimos ni a un sólo ciudadano histérico. '¿Cuál es el secreto?', nos preguntamos a bordo de un tren decorado con carteles que dicen 'prohibido hablar por celular'”.


Calma chicha
Fuera de esta comparación, llama poderosamente la atención la paz de los vikingos. Son amables, trabajan pero no viven para trabajar, adoran sobre todo la vida al aire libre y el trekking, practican esquí y un curioso deporte llamado “escupida de carozo de berrie” (en el concurso internacional de Hamar, entre periodistas agrarios, un inexperto argentino realizó la segunda mejor escupida: trece metros).
Vale la pena recordar a Peer Gynt, el héroe descrito por el escritor local Henrik Ibsen como un empedernido del sexo que roba una novia en plena luna de miel, sale de aventuras por el mundo, se hace millonario, desempeña funciones como jeque árabe hasta que un día decide regresar a su pueblo, donde lo espera una eterna enamorada. El fiestero termina sus días rodeado de vecinos que lo rechazan.
Visto todo esto, y la sonrisa dulce de los noruegos, uno no puede evitar preguntarse: “¿por qué los estadounidenses dominan el mundo y no estos?” Quizá porque son infinitamente más sabios y no les interesa.