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La dueña y el almacén
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Por: Bews
Doña Blanquita es la propietaria del almacén del Pasaje Félix Frías, en el corazón de barrio El Bosque de San Miguel de Tucumán. En esa misma cuadra, Blanquita comparte vecindad próxima con una prominente –y sobre todo visible y deliberadamente expuesta- comunidad travesti. Más allá, por calle San Juan, hay un banco de material que funciona como sede de facto de los adolescentes de la zona. El banco registra los besos encendidos e inmaduros, y las peleas de celos, que tanta agua llevan bajo el puente… y siguen en el río. Por supuesto –y desde la globalización del barrio- también hay cerca de allí un ciber exiguo, contiguo al taller mecánico.
Las amas de casa, los niños, los travestis, las prostitutas que moran en la plaza del barrio, los asalariados y los jubilados convergen en el almacén de doña Blanquita para comprar harina, huevos, preservativos, cuadernos, muñecas, aceitunas sueltas, cigarrillos, tests de embarazo, sobrecitos de Uvasal, pilas, cerveza y soda cáustica. En un cuarto cuyas dimensiones pueden ser grandes o pequeñas (la multitud de escaparates, el barroquismo y el desorden impiden una evaluación objetiva), doña Blanquita vende de todo, constituida inconscientemente en cuasi proveedora absoluta de las necesidades (básicas y complejas) insatisfechas de los habitantes del barrio.
De más está advertir que su éxito comercial se funda en el monopolio. Esto hace de doña Blanquita una suerte de legisladora que, en la órbita cerrada de su negocio, pone las reglas y no siempre para gusto de los clientes. Un ejemplo es el horario: por la mañana no hay problema porque un vendedor se encarga de dirigir los negocios. La atención se complica cuando suena la alarma que marca el final del régimen de mediodía del empleado: es allí cuando doña Blanquita, con lentitud y sin ganas, se hace cargo de expender y de aniquilar, una a una, las reglas de la eficiencia.

Apurate despacio
Doña Blanquita abre a las 18, después de una siesta extra ilimitada. Como buena mujer precavida que es, no abre técnicamente sino que corre una puerta de madera para que los clientes puedan ver que ella está… en un cuarto adyacente, con familiares y amigos que ceban mate y comentan las alternativas de la TV. Doña Blanquita, en un acceso adulterado de multipresencia, atiende sin descuidar el fogón o, más bien, participa activamente de la ronda sin preocuparse por la suerte de la clientela abroquelada afuera.

"De más está advertir que su éxito comercial se funda en el monopolio".

Es ley que para comprar hay que hacer cola y esperar. Así como arde el Bosque, arde la paciencia de los vecinos heterogéneos que si prefieren ignorarse en el devaneo diario concurren en la queja contra la hegemonía comercial de doña Blanquita. Largas son las tertulias que preceden a la compraventa de un paquete de algodón; si la gerente asiente, el cliente ingresa al local operando las verjas de hierro mediante una rudimentaria chapita que es lo que queda de una cuchara luego de perder la palita. Es asombroso el sistema mecánico que emplea doña Blanquita, porque el bastoncito de metal cuelga de un piolín de nylon que lo mantiene fiel a la suerte de la puerta. De esa forma, la proveedora se cuidad de que la llave mágica no perezca por causa de la desidia del público.
Es curioso porque todo el barrio sabe cómo usar la chapita para ingresar al almacén. Este conocimiento generalizado no protege a doña Blanquita del flagelo de la inseguridad; ella lo sabe y no está dispuesta a mover ni un ápice. Cierto es también que el acceso al local no garantiza atención en un plazo razonable y de la forma más recomendada por el código de urbanidad. De hecho, a veces parece que los minutos no corren del mismo modo adentro que afuera del almacén. Allí doña Blanquita también es la dueña del reloj, al que si bien no puede detener sí ha logrado eclipsar a su antojo.
El tiempo equivale a dinero tanto como las monedas que los chicos llevan en la mano para cambiarlas por chupetines. Doña Blanquita pasa de ello; pasa ausente del comedor doméstico al almacén como pasan los capítulos de la tira diaria de las 19. Pero la ignorancia de los principios comerciales elementales no la perjudica en el resultado del balance manual de fin de mes.
En un mundo colonizado por el delivery y la tarjeta de crédito, doña Blanquita comercia sin inmutarse, como si su almacén pudiera prescindir de las reglas de la oferta y la demanda. Doña Blanquita y sus métodos fueron aceptados en el barrio y con eso basta.

Es ley que para comprar hay que hacer cola y esperar.