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Las cosas son de la derecha
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Por: Edmundo Hume
Nostalgia sin estrago
Dedicado a C.J.S., por ser zurdo

Mi sobrino no había cumplido los dos años y mi hermano lo torturaba para que le mostrara al tío -sí, dale, apurate- que él había salido zurdo. Aprovechaba cada una de mis esporádicas visitas, para llevarme al fondo de su casa y tirarle todo lo que tuviera forma esférica -si era una pelota, mejor-, en el afán de que el niño demostrara que había sido bendecido como izquierdo. “¿Viste? Te lo dije”, me atormentaba frente a cada prueba y, sobre todo, frente a mi escéptica expresión. Y la realidad es que, al principio, no quedaba muy claro qué era el pequeño, pese al entusiasmo izquierdizante del papá. No obstante, los últimos acontecimientos familiares sirvieron para que no quedara dudas de que Ernesto, que ya tiene cuatro años, es un zurdito nato.

Los españoles saben como nadie que, antes que forjarse un nombre, uno debe edificar su propia leyenda y sostenerla en el tiempo. Mi hermano en eso ha sido persistente. Por su esforzada y embrollada manera de agarrar el lápiz -en forma de caracol y de abajo hacia arriba-, tramó el cuento de que, en realidad, él había nacido zurdo, pero se frustró en el camino. Las crónicas familiares, siempre brumosas y romanceadas según el relator de turno, no acreditan tal circunstancia. Además, aunque nuestra niñez transcurrió a fines de los nada libres años 70, en nuestra casa no se estilaba perseguir a los zurdos táctiles. Y hasta teníamos (tenemos) un tío que lo era. Como consecuencia, mi inquieto hermano solía hacerse un moño cuando llegaba el momento de explicar por qué se había frustrado esa tendencia natural. Nadie le había atado la mano para que terminara formando parte de la muchedumbre que hace las cosas con la derecha. Claro que, en el colmo del causalismo ciego, ahora, orgulloso, esgrime que Ernesto es el eslabón hallado que demuestra científicamente que había una cadena inexorable que conducía a su siniestra.

"Los españoles saben como nadie que, antes que forjarse un nombre, uno debe edificar su propia leyenda y sostenerla en el tiempo"

Ahora trato de razonar el por qué de aquella obsesión. Sin duda, en ella influye lo deportivo. En el fútbol -como en otros deportes-, si hay algo que no pasa de moda es la izquierda. A nosotros nos educaron en la creencia de que ser zurdo era sinónimo de exquisitez. El derecho, por más habilidoso que fuera, jamás podía rozar la sublimidad. Le estaba vedada. Una vez osé preguntarle a un tío si Juan José López, más conocido como J.J., podía jugar de diez en River. Me miró como, supongo, se mira a quien propaga una herejía. Y luego me comenzó a tratar de usted. Esa era la forma de marcarme que el interrogante lo había molestado. “Deje de hablar macana. Además de que el 'Beto' (por Alonso) es indiscutible e insustituible, el 'Negro' J.J., no tuvo la suerte de nacer zurdo. Uno no puede ponerse la camiseta número 10 y ser derecho, aunque se llame 'Pelé' y haya hecho 1.000 goles. ¿Le quedó clarito?”, retrucó.

Mi papá no tenía el don de la argumentación, pero sí enseñaba con ejemplos. En el Tulio, yo tenía un compañero de banco -hoy amigo entrañable- llamado Carlos, que se la pasaba más en mi casa que en la suya. A la hora de la siesta, cuando mi mamá repudiaba cualquier tentativa de hacer botar una pelota, mi viejo -entonces no lo era- intercedía a nuestro favor por el sólo hecho de ver cómo Carlitos -'qué buenito', así le decía en son de rima- le pegaba con la izquierda. Parecía reprocharme que yo hubiera nacido derecho. “Eso es un zurdo neto, como Dios manda, el que no puede ni tocar la pelota con el otro pie. Y está bien. Así debe ser”, me explicaba. Nunca charlé el tema con mi hermano, pero supongo que lo adoctrinaron en el mismo sentido: en una cancha de fútbol, el equipo soñado, el cielo en la tierra, era el formado sólo por izquierdos.

"Lo curioso es que, a medida que crecíamos, chocábamos con un mundo paradójico, forjado a la derecha y con poco espacio para los zurdos"

Más tarde, en el voley y en el ping-pong, corroboramos que enfrentar a un zurdo era una tarea ingrata y enigmática, porque siempre estábamos cruzados -incluso en la perspectiva que teníamos de la cancha- y jamás podíamos descifrarlos. Lo curioso es que, a medida que crecíamos, chocábamos con un mundo paradójico, forjado a la derecha y con poco espacio para los zurdos. Basta observar cuestiones domésticas, como los asientos en las aulas de las facultades, pensados sólo para los diestros. Pareciera que sólo se quiere educar a mentes bien derechas o, en todo caso, que las cosas son de la derecha. Y ni qué hablar del lenguaje, en el que la palabra siniestra tiene una carga semántica despectiva, asociada a lo avieso y malintencionado. ¡Y pensar que cuando chicos, pese a que éramos de Racing, queríamos tener la zurda artística y sensible del 'Beto' Alonso! Ahora entiendo a mi hermano y celebro sus ojos chispeantes e infantiles cuando, durante el último cumpleaños, concluimos que uno de los nuestros era un zurdo consumado, convencido y definitivo. ¡Enhorabuena, Ernesto!

*El autor es periodista.

"Pareciera que sólo se quiere educar a mentes bien derechas o, en todo caso, que las cosas son de la derecha"