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Aquel poeta niño
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Por: Edmundo Hume
Nostalgia sin estrago.
Estaba gordo. Por eso parecía más bajo de lo que siempre había sido. Y con esa campera negra, como de jugador de fútbol americano, parecía un embolsado. ¿Cómo reconocer en ese treinteañero rechoncho y de anteojos a ese petiso fortachón que, 15 años atrás, corría descalzo, como un desahuciado, alrededor de la cancha de fútbol de nuestro colegio? Sin el menor pudor solía sacarse ansiosamente la remera, las medias y las zapatillas -sólo quedaba con un percudido pantalón blanco marca “Mitre”-, y lanzarse a una voraz carrera. Como un salvaje daba rápidamente las ocho vueltas a la cancha grande. Y lo hacía abstraído de todo: del profesor que retaba a los que iban bromeando; de los que se escondían en uno de los ángulos del campo y esperaban al resto del pelotón, y de los gorditos que padecían esa prueba mensual. A veces, el irónico profe daba la orden de que paráramos, pero él seguía como un demente. Con la misma desesperación de quien ha visto al diablo, jugaba al rugby. Lo hacía de wing. Y cuando le llegaba la pelota, agarraba el lado ciego de la cancha con el afán del suicida que, obstinado, busca la muerte. No había cómo frenarlo. Por eso esa noche que lo encontré, después de tantos años, no podía relacionar a ese que tenía delante de mí con aquel físico de vietnamita que, en una cancha de rugby o en una pista de atletismo, huía no sé bien de qué o de quiénes.
Al verlo, le grité con alegría “¡Peter!”, imitando –mal- ese acento británico que ponía el profesor de inglés para llamarlo. Me miro, primero sorprendido y luego extraviado. Me estudió. Se perdió dentro de sí. Volvió y al final, cuando yo ya comenzaba a ponerme nervioso, me preguntó con esa naturalidad tan suya si yo era quien efectivamente soy. Respiré aliviado y asentí. “¿Y qué hacés aquí en este shopping?” “Los tiempos cambian, Peter. Los intendentes ya no asumen en las sedes municipales, sino en los centros comerciales. Trabajo de periodista y me mandaron a cubrir una nota”, le respondí. Sin prestarle mucha atención a la rebuscada respuesta, prosiguió: “entonces, vos me podés ayudar. Aunque me dedico a hacer y a cuidar jardines, también soy poeta de niños (sic). A lo mejor podés hacer que me publiquen alguna de mis poesías en un suplemento infantil”. Sus palabras, además de conmoverme, me turbaron. Es que me había dicho “hago jardines” con la autoridad de quien dice: “me dedico a la Filología germana”. En los tiempos ramplones que corren, semejante declaración de principios sólo podía ser un gesto de tierna rebeldía. O una señal de digna locura. No podía figurármelo como poeta con esas letrotras espantosas y minadas de faltas ortográficas, que garabateaba en quinto año de la secundaria, como si estuviera en la primaria. No me dio respiró. Agregó que aquella mañana había estado en un congreso, en el que había leído su último poema titulado “Vena de luz”.
Para cambiar de tema, le hice esa clase de preguntas bien intencionadas, tramadas para salir del paso, pero que terminan embarrando aún más las cosas: “¿cómo andamos de amores?” “Desde que Felicitas me dejó, en aquella fiesta en el Jockey Club hace 16 años, cuando le confesé mis sentimientos, no he vuelto a mirar a nadie. Yo aún la espero”. Aunque cuando dijo eso nada en su rostro dio muestras de dolor, decidí guardar silencio. Frente a tamaña declaración sólo quedaba sacarse el sombrero. En ese momento, me preguntó si iba a quedarme un rato más por allí. ¿Por qué? “Porque debo ir a cenar con papá a las ocho y media en punto. Como rápido y después vuelvo, así seguimos charlando. Siempre me gustó hablar con vos”, me dijo hasta recordando mi apodo de la secundaria.

"Al verlo, le grité con alegría \\\'¡Peter!\\\', imitando –mal- ese acento británico que ponía el profesor de inglés para llamarlo. Me miró, primero sorprendido y luego extraviado. Me estudió. Se perdió dentro de sí. Volvió y al final, cuando yo ya comenzaba a ponerme nervioso, me preguntó con esa naturalidad tan suya si yo era quien efectivamente soy".

Cuando “El Cachorro” se distanció, pude advertir que, pese a su gordura, seguía conservando esa elegancia de quienes caminan en punta de pie, prácticamente sin tocar el suelo con el talón. Tampoco pude dejar de sentir compasión por ese hombre condenado a ser siempre un niño. Recordé el viaje de egresados a Bariloche, en particular aquella tarde fría en que habíamos ido al Bosque de los Arrayanes, en catamarán. El regreso debió adelantarse una hora por una desafiante tormenta. Estaba oscuro y el lago Nahuel Huapi parecía furioso. Volvimos. Desembarcamos en el puerto y, por fin, subimos al ómnibus que nos iba a llevar nuevamente a la villa. Tomaron asistencia para ver si estábamos todos y, ¡oh sorpresa!, faltaba él. Obviamente, arreciaron las bromas, los quejidos y hasta los pedidos de que lo dejáramos por abriboca. Tuvimos que esperar 40 minutos hasta que regresara el próximo catamarán. Una hora más tarde, en compañía de dos guardabosques, Peter apareció, empapado, pero inmensamente feliz. Contra su estado no pudieron ni las latas de gaseosa ni los escupitajos que le regalaron. A él parecía no importarle nada, como cuando agarraba la pelota, agachaba la cabeza y corría –desaforado- rumbo al “ingoal”. “¡Miren lo que encontré: un trébol de cuatro hojas; es de la suerte!” En medio de las violentas carcajadas, mi silencio no se notó. Pero me temía que “El Cachorro” había vuelto a desorientarnos. El vivía como jugaba: con otra lógica.
Precisamente, en eso estaba pensando, en medio del aburrido acto de asunción del intendente, cuando regresó candorosamente. Apenas me vio, volvió a preguntarme si era quien soy y a qué me dedicaba. Cuando le reiteré que al periodismo, me dio una copia de “Vena de luz”. También me prometió que iba a visitarme a la redacción. Me saludó y se fue, no sin antes decirme, muy educadamente: “debo volver a casa a ver la tele con papá”. Cuando leí su poema entendí por qué quería que se lo publicaran en un suplemento infantil. Regresé al diario desconcertado y atormentado por aquel encuentro. Croniqué la ceremonia de forma anodina, sin pena ni gloria, pese a que me había propuesto escribir un culebrón digno de la primera plana. Después me fui caminando a casa. No pude pegar un ojo en toda la noche. Al otro día se me pasó por la cabeza renunciar e inscribirme en un curso de jardinería. Aún lo pienso y, tal vez, le proponga a Peter que seamos socios. Lo que aún no tengo decidido es si seré poeta.