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Sueños de cartón
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Por: Gaby
Dignidad de hierro
Es lunes a la medianoche y la ciudad se escurre luego de una tormenta espesa. Josecito tiene 9 años, está recostado y utiliza sus escuálidos brazos como almohada. Bosteza, entrecierra los ojos y sueña. Quizás imagina, por unos instantes, que está tendido en una cama tibia y seca. Sin embargo, la humedad de su colchón de cartones y unas gotas diáfanas lo devuelven a la realidad.
José Carlos Raúl ayuda a su abuela Teresa, de 55 años, en el “cartoneo” que realiza seis días a la semana. Entre ambos reúnen cartones, botellas y papeles que, a fin de mes, cambian por algunos centavos.
Trabajan como hormigas silenciosas en la céntrica calle San Martín. Después de las 19 son los dueños de las veredas. Arman bultos que luego acarrean hasta su humilde casilla del barrio Antena, en Banda del Río Salí. Los cartoneros hablaron con DIXI y confesaron sus inquietudes y aspiraciones.  
“Hace cinco años que junto cartón junto a mis hijos más chicos y a mi nieto. Este es un gran sacrificio que hacemos contra todo, como el agua que nos agarró ahora. Hoy vinimos desprevenidos, sin plásticos para taparnos. Creo que voy a mandar a José en colectivo y yo me voy a ir a pie cuando venga mi hijo con el carro”, relata Teresa con entusiasmo.
Mientras, el nene se levanta desganado de su breve letargo y se acerca a la vidriera colorinche de una librería. Estampa su cara y sus manitos mugrosas contra el cristal para contemplar su objeto de culto.
-¿Qué es lo que te gustaría tener de todo eso?
-El puaderno (sic) de los Power Rangers.
-¿Qué soñás para cuando seas grande?
-Trabajar… andar macheteando.
-¿Te gustaría estudiar?
- No. Trabajar.
Josecito es firme en sus convicciones. Su abuela lo mira con ternura y con una carcajada ruidosa afirma: “qué va a querer estudiar este cachafaz”. El entrevistado se aleja avergonzado y da por finalizadas sus declaraciones.
Teresa es el sostén de su hogar, en el que convive con sus diez hijos y con el pequeño. “Soy hombre y mujer en la casa. Si no salgo a trabajar, no comemos. Es así de simple. Cobro la pensión esa de los siete hijos (sic), que son 400 pesos. Pero no alcanza para nada”, dice mientras se pone seria.
-¿Cuánto gana por mes como cartonera?
-Muy poco, cerca de 150 pesos. Están pagando una miseria, 25 centavos el kilo de cartón; por el de papel nos dan 15. Pero al menos nos sirve para pagar el almacén. Las botellas de vidrio son las que más dan, pero todo el mundo las junta y hay pocas.
-¿Cómo los trata la gente?
-Los tucumanos tienen un poco de egoísmo. Yo no pido que me den monedas porque yo no estoy mendigando, estoy  trabajando. No reconocen esta tarea. No son solidarios. Nadie es capaz de prestarnos un plástico cuando llueve. Además, muchas veces encontré entre la basura bolsas con ropa. Prefieren tirarla antes que donarla y eso que todo el mundo sabe que estamos aquí de noche.
-¿Y el Estado?
-Para el Gobierno no existimos. No nos ayuda en nada. El Gobernador reparte esas zapatillas que salen tres pares por 10 pesos y piensa que con eso se acaban nuestras necesidades y no es así. 
-¿Sienten que son parte de la sociedad?
-Sí, claro que somos parte. Por ejemplo, usted trabaja en una revista en la que se interesaron por nosotros y por nuestro trabajo.
-¿Cómo quiere que sea el futuro de sus hijos y de su nieto?
-Quiero que estudien para ser algo en la vida. Y la mayoría de ellos quieren hacerlo como sea. Mi hija, que está en octavo año, quiere ser policía.
Es la una de la mañana y Teresa y José tienen que volver a casa. Pensativos, cargan los atados en el carro que tira un joven espigado. Se despiden sacudiendo las manos. La familia, orgullosa por el fruto de su tarea, se pierde de vista a medida que avanzan hacia su destino.

CARTONEROS: viven de la basura que produce la sociedad de mercado. Aunque no los veamos, ellos siempre están (al final del día).


¿QUÉ HACEMOS CON ELLOS? Es la pregunta difícil que la sociedad prefiere no formularse y no responder.