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Las figuritas del álbum de la ciudad
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Por: Edmundo Hume
Con su eficaz espíritu catalogador, me llama la editora de DIXI –la que tiene unos ojitos..., según el propio sitio virtual de la revista- y me pide un texto sobre los TI. Dando por sobreentendido que sé a qué se refiere con la imprevista sigla (suena más rara aún por su pronunciación), me explica apresuradamente que todos escribirán sobre lo mismo, porque hay un número especial: el XXV. Como tiene otra llamada en espera, cuelga dejándome en la siempre desconcertante incertidumbre. Luego, por algunos retazos de la conversación y de otras anteriores, ato cabo y advierto que habla de los Tucumanos Imprescindibles. Sí, con mayúscula, aunque vivan olvidados, silenciosamente en minúscula. Pienso, entonces, que tiene el carácter de TI ese sencillo como improlijo azulejo –ni siquiera es una placa-, frente al que muy pocos se detienen, que está colocado (olvidado más bien) en una de las paredes de la fastuosa pizzería –¡que ironía!- ubicada en 25 de Mayo y 24 de Septiembre. Ese azulejito recuerda nada menos que allí nació Juan Bautista Alberdi. También lo es esa otra imperceptible pero digna inscripción que aún subsiste en la puerta de la biblioteca homónima, que recuerda que ella está abierta –siempre- para todos los que, simplemente, quieran leer. Esto emociona tanto como las campanadas de la Catedral –otras TI- que, cuando repican, en particular durante las noches solitarias, sumergen a Tucumán en los laberintos del tiempo. Y ni qué hablar de las palomas provincianas cuando pueden desplegar su fugaz gracia por la plaza Independencia o por alguna peatonal. Hay que agradecerle a un empleado –siempre usa el mismo “sweater” en escote en “V” celeste- de la Dirección de Comercio, que todos las mañanas, antes de las 8, saca pedazos de pan de una bolsa de plástico y alimenta metódicamente a las palomas que lo visitan en Mendoza al 600.

"También lo es esa otra imperceptible pero digna inscripción que aún subsiste en la puerta de la biblioteca homónima, que recuerda que ella está abierta –siempre- para todos los que, simplemente, quieran leer".


En mi lista de TI –arbitraria y discutible, por cierto- tampoco puede faltar la señora que, en Córdoba al 600, se dedica al zurcido invisible. Con prolijidad  y meticulosidad ha prolongado la vida útil de tantos pantalones, camisas y polleras que, en más de una ocasión, sostuve ante mis amigos en broma –y no tanto- que el futuro doméstico de Tucumán dependía más de que esa amable señora pudiera legar su arte a alguien que de otras instituciones, que figuran en rimbombantes constituciones incumplidas. En el mismo plano coloco a los maniceros y afiladores de cuchillo, que persisten laboriosamente en quehaceres que, a priori, parecen en irremediable extinción. ¿Cómo los habrán aprendido? ¿Pensarán en transmitirlos? Encima, como conscientes de su solitaria aventura, anuncian la venta de maníes o el servicio que prestan (en el caso de los afiladores) con un sonido o gritito que siempre suena a igual de lejano y de nostálgico. Aun cuando esté haciendo algo impostergable (con “deadline”, como diría la editora de DIXI), cuando lo escucho, como cuando era niño, dejo todo y salgo desesperadamente al balcón de mi departamento a ver pasar a ese señor parsimonioso trepado en su bicicleta o empujando un desvencijado carrito.    
También anoto al achilata, que me recuerda la feliz desesperación con que mi hermano, todas las tardes en el Tulio, buscaba ese goloso invento tucumano, sin importarle que camisas, guardapolvos y carpetas quedaran manchados, para desgracia de mi mamá. Durante el verano pasado, agazapados en una esquina de Barrio El Bosque, con un amigo treintañero esperamos durante largos minutos la aparición de un achilatero.  Sin saberlo, habíamos vuelto imaginariamente a la primaria.
Se acaba este texto y quedan tantos TI sin nombrar (un grupo de amigos que los domingos a la siesta se traban en un silencioso ajedrez en un bar de la avenida Ejército del Norte y Mate de Luna, el “sánguche” de milanesa o el chocolate con churros en Candy) que habría que pedirle a la editora –y a sus colaboradoras- un número extra, aunque ya lo estoy haciendo públicamente. Es que esos TI remiten a ese poema en que Borges homenajea a los seres comunes, que anónimamente cultivan un jardín (como quería Voltaire), acarician a un animal dormido o descubren con placer una etimología. Esos sujetos, como nuestros TI, salvan al mundo; en nuestro caso, a Tucumán.


SIEMPRE DISPONIBLE. El cartel pone en duda aquella idea de que nada es gratis en esta vida.