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La ilusión que vencía a los demonios del sábado por la noche
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Por: Edmundo Hume

Son las 12 de un martes fatídico. Néstor Kirchner visita Tucumán y, como consecuencia, me exprimen en la agencia de noticias en la que trabajo. Escribo contrarreloj –como siempre- y las interrupciones me fastidian. Quisiera que el teléfono enmudeciera. ¡Pero no! En el peor momento, como suele suceder, la promotora de un banco, con una voz superficialmente optimista, me ofrece un crédito. Argumenta que pertenezco a una cartera meticulosamente seleccionada. No la dejo que termine y le digo que me interesa, pero que me llame más o menos el año que viene. Automáticamente, como si estuviera programada, exclama: “¡genial!”. Me desconcierta e indigna más aún. Inmediatamente llega un compañero y comienza a hacer llamadas. Como estamos a la par y en una misma oficina, estoy obligado a escucharlo, incluso contra mis ganas; contra mi apuro, más bien. Habla con su esposa, primero de las imprescindibles cuestiones de la agenda doméstica (que el bife del almuerzo no esté tan cocido, por favor, ¿fuiste al supermercado, viste cuánto subieron los precios, querida?, sí, ya retiré el auto del mecánico, era una tontera, pero así me cobró). Luego, le pide que le vaya pasando sucesivamente con tres de sus cuatro hijos. Mientras tanto, me mira y me aclara que la mayor, que ya tiene 16 años, está en Bariloche, de gira, y añade una queja porque todos los días le dan de comer lo mismo, pese a que pagó 3.000 pesos por el viaje.

“A los hermanitos sólo les quedaba jugar a ser hombrecitos y a vencer al porfiado miedo que se reciclaba con cada esporádico ruido o hasta con el simple ladrido de un perro insomne”

Luego, este hombre bueno –y paciente- comienza a preguntarle a sus críos si ese era tal o cual el regalo que querían para el Día del Niño. Uno de ellos, al parecer, ha hecho uso de la opción de que lo sorprendan -siempre más excitante- y no ha impuesto exigencias. “Sí, ya te compré algo. Obvio que no te voy a decir qué es, porque, si no, no tiene gracia; te tenés que aguantar hasta el domingo, los días pasan rápido”. Supongo que está respuesta, por más sensata que sea, no debe haber satisfecho al pequeño en cuestión.

Los miedos y el alivio 
Sea como fuera, el diálogo ajeno me lleva exactamente a mis seis o siete tímidos años, a ese que era yo. La vida, entonces, era la estación de servicios que recibíamos el Día del Niño o, más aún, la que aguardábamos el sábado previo, que Dios parecía empeñado en alargar demasiado, como para que fuéramos aprendiendo a sujetar nuestras pretensiones en la vida. Ese sábado, a mi hermano y a mí parecía no importarnos que mis viejos tuvieran que ir a la trasnoche en el cine Plaza (siempre era allí) con unos amigos. Si otros sábados, para poder concretar ese programa, mi papá tenía que sobornarnos desde temprano con una caja de chocolates y con la promesa de que al otro día nos iba a llevar –sí o sí, sin falta- a la cancha sólo y si –¡carajo!- nos dormíamos rápido antes de que ellos salieran. ¡Y a nosotros nos costaba tanto quedarnos solitos! Cuando escuchábamos que el auto se iba irremediablemente, un silencio intimidante ganaba la casa de barrio, con mayor determinación si era invierno. Los dos canales de entonces cortaban la transmisión a las 0.30, de manera que a los hermanitos sólo les quedaba jugar a ser hombrecitos y a vencer al porfiado miedo que se reciclaba con cada esporádico ruido o hasta con el simple ladrido de un perro insomne. Hasta las ganas de ir al baño había que contener. El conjuro para resistir consistía en taparse con las sábanas y frazadas hasta la altura exacta de los ojos, quedarse quieto como nunca –esto era fundamental-, pese a lo grande que era la cama de los papás, e implorar al sueño que llegara pronto –por favor- para librarnos de nosotros mismos, de los temblores de la imaginación que, de noche, se vuelve alarmista y cobarde. También había que pensar en el sol, en la esperanzadora e imperturbable brillantez que iba a tener el domingo, porque, entonces, uno no le temía a las siete de la tarde de ese día. Lo único que nos libraba de ese calvario era el sábado previo al Día del Niño. Entonces, y aunque se esforzaba, el temor no podía filtrarse y arruinar la imagen de esa imponente estación de servicio o de ese fuerte asediado por indios (de silueta verde o violeta), que nos esperaba al otro día, puntualmente, debajo de la cama.
     


La expectativa de recibir un regalo era la salvación durante la noche del sábado anterior al Día del Niño.