bcd / Bocados Entretenidos   
flc / Falacias Para Pensar   
snr / Sonrisas On Line   
oyf / El Ocio y la Filosofía   
vyp / La Vista y el Placer   
abv / Arte y Buen Vivir   
fyp / Fugas y Preludios   
tlp / Tinta & Liquid Paper   
nstr / Nuestros Lectores   
7ma / Séptima Ilusión   

Achi (2)   
Al Fredo (4)   
Alard (1)   
Alba Barbeito (1)   
Amalita (22)   
Andrés (3)   
Aveju (23)   
Bertini (1)   
Bews (66)   
Bocos (3)   
Caro (1)   
Celina Abrehu (1)   
Chala (1)   
Conti (9)   
Dany (3)   
De Piero (10)   
Diego (1)   
Diego Colombres (1)   
Dr. Sugrañes (1)   
Edmundo Hume (13)   
Elito (1)   
Emmanuel (3)   
Enepe (2)   
Esteban77 (1)   
Fran (20)   
Francisco Jáuregui (1)   
Gaby (12)   
Gatta (7)   
George (2)   
Gloria (1)   
Hernán (1)   
José Barbeito (12)   
Juampi (2)   
Juan (1)   
Juanjo Sirena (3)   
Juje - Caro ZP (8)   
Julito (2)   
Justine (1)   
Laly (4)   
Laura Giraudo (1)   
Laurita (1)   
Lucía Franchini (5)   
Luma (1)   
Martín (1)   
Mecha (26)   
Meli (4)   
Mickey BE (1)   
Miguel (1)   
Mocha (8)   
Motoneta (15)   
Negrah (8)   
Nico (1)   
Nicolás Balinotti (4)   
Nicolás Zavadivker (1)   
Nieves (3)   
Pablo Donzelli (6)   
Prometeo (1)   
Rogelio Ramos Signes (1)   
Rubén Kotler (7)   
Sergio (1)   
Soledad Vanni (1)   
Tito (16)   
Turca (1)   
Unpocodesol (3)   
Valeria Álvarez Ternavasio (1)   
Varona (1)   
Vero (2)   
Víctor (3)   
Vidal (1)   

Prefiero morir antes que tomar la sopa
////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////
Por: Laurita

Para los íntimos nació el 15 de marzo del 62. Para el público, el 29 de septiembre del 64. Todos la conocemos como la nena pesimista, demasiado madura para su edad, fanática de los Beatles, del desarme mundial, enemiga acérrima de la sopa y de la violencia. Con 45 años para unos y 43 para otros, sigue siendo sarcástica, irónica y encantadora. Ella es María Lavado o, mejor dicho, Mafalda.
La encuentro muy sentadita en un bar; mientras me espera, juega con las manos. No parece la misma; los años han cambiado su risa, su tono, sus gestos… pero aún es posible adivinar entre las líneas de su rostro a esa nena justiciera. Pide un café y me explica: “no tengo preferencias, decime como te guste: María o Mafalda. Me da lo mismo, pero señora no... Suena terriblemente burgués”. Una aclaración esfuma cualquier duda: Mafalda está más viva que nunca (es la mejor noticia del día para los que a diario iluminábamos nuestros cerebros por obra y gracia del suyo).
Un poco alegre, un poco pasando factura -como una nena de seis años-, lo primero que sale casi saltando de mi boca es: “¿por qué?” Suspira con nostalgia y, con un dejo de melancolía, me cuenta que la huída tuvo varios motivos, sobre todo el cansancio. “Estaba agotada, pasaban muchas cosas y me sentía asfixiada. España me dio una mano, me ayudó a calmar mis revoluciones, me dio la chance de trabajar en tiras muy buenas y otras paupérrimas, pero aprendí de todo. Famosa o no, necesitaba cubrir lo básico y sin laburo no se puede”, resume. Y recuerda que estaba un poco loca cuando partió, que entonces era muy joven y quería que las cosas cambiaran. “Pensaba que se podía luchar, pero el sistema se impuso sobre los cerebros más activos, aunque por suerte no pudo hacerlo sobre los corazones”, acota Mafalda.
Mira a un costado, aclara la garganta y prosigue: “me fui por miedo, miedo al descontrol; acordate que yo era una crítica del Estado; preferí irme sola antes que obligada. Dolió mucho dejar a los amigos, la familia, el pasado, pero en ese momento necesitaba respirar otro aire”. Comprendo que necesitaba libertad, un respiro pero, “¿uno tan largo?” (le pregunto). “Y, cuando uno conoce el aire puro no quiere retenerlo en los pulmones”, contesta. Traduzco: allá ella podía decir lo que se le antojaba y hay algo que le gusta, eso es decir.   
Mafalda considera que ahora es una mujer relativamente grande y que había llegado el tiempo de regresar. “Allá mi vida era un constante extrañar”, define pensando en sus padres, su hermano y sus amigos. Pero también extrañaba las colas para hacer los trámites y el dulce de leche. Se calla y mira por la ventana al grupo de chicos que discute. Se le escapa una lágrima, otra, la dejo seguir. Algo adentro me dicta que Mafalda merece este silencio por las tantas veces que ella habló por las dos cuando el silencio era mío.

El destino de cada cual
Como si nada sucediese, cambia llanto por risa y me pregunta: “¿Y por casa cómo andamos?”. Le cuento que el martillazo que la alejó del país se prolongó durante varios años interminables, años de sombras y escondidas. Menciono a Raúl Alfonsín y una tosecita me advierte sobre su incomodidad. “La verdad, no tengo ganas de hablar de política”, confiesa. Yo tampoco. En realidad, muero por saber de esos nenes que jugaban a los cowboys, pero no sé cómo interrogarla sin que se dé cuenta de mi curiosidad poco profesional. Algo deben decir mis ojos para que Mafalda, por sí misma, me comente: “por suerte mis amigos tuvieron un destino genial. Por ejemplo, Libertad, pequeñita y explosiva como siempre, dejó las historietas para estudiar Filosofía. Intentó un par de revoluciones frustradas. Ahora trabaja en una biblioteca”. Asegura que Felipito fue el que tomó las decisiones más raras: “finalmente pudo superar su fobia y se puso a enseñar en una escuela. Además, se casó con Muriel”.
Pero lo más gracioso es que Susanita y Manolito formaron una gran familia con muchos hijitos. “Manolito heredó el almacén de su papá. Susanita lo ama así, bruto como siempre, ya no sueña con los torneos de bridge y las tardes de té”, detalla. Sobre Miguelito (el soñador, el idealista, él más chiquito de todos), Mafalda explica que trabaja en publicidad, donde encontró el lugar ideal para hacer volar su imaginación.
“¿Y vos? ¿Qué papel te gustaría jugar de ahora en más?”, le pregunto de repente. “Quisiera ser parte del público, una espectadora capaz de observarlo todo en calma y en silencio”, responde. Replico: “¿cómo en silencio, si lo que te hizo famosa fue tu bocota?” Se ríe, pone los ojitos pícaros y declara: “dije en silencio, pero no muda. Sólo quiero ser espectadora del mundo para pensar qué le puedo cuestionar”.