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El testimonio de las zapatillas al viento
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Por: Nicolás Balinotti
La plaza de la Memoria

Una plaza sin árboles. Un sitio construido por la angustia y la impotencia. Un lugar donde convergen sensaciones, historias de vida y en el que las paredes estallan sin rubores salpicando sentencias con nombres propios. Un paisaje de escepticismo, sufrimiento y furia que se levantó en homenaje a las víctimas de la desidia y la corrupción. Todavía las lágrimas caen vestidas de bronca. En el corazón del barrio de Once laten con intensidad los ánimos de injusticia y dolor. Será así para siempre, como una mancha imborrable en el corazón.  
La plaza de la Memoria es apenas un paseo gris de 25 metros de largo, como una calle sin salida, con un principio y un fin. El lamento por las 194 víctimas de la tragedia en el boliche República de Cromañón se adueñó de un pedazo de la vieja estación de trenes  de Once. Allí se situó “el santuario de nuestros ángeles del rock”, como lo indica un cartel gris con letras blancas, que marca el acceso al lugar, y que, según una organización de familiares de los chicos fallecidos, es visitado por más de 400 personas por día.     
A un costado de la puerta de ingreso, las hileras de butacas carbonizadas y un paredón atestado de nombres y fotografías hacen tropezar la mirada e interrumpen el paso en la esquina de las calles Mitre y Ecuador. Los semáforos encienden luces en vano, ausentes del tiempo. Sostenidas por cables que cruzan la zona, cientos de zapatillas cuelgan desde el cielo. Son testigos permanentes del recuerdo y del amor que acampan junto a la muerte hace poco más de dos año y medio. Miles de flores marchitas, abatidas por tanto lamento, custodian un escenario preso del sufrimiento.
El dolor no tiene precio. Un mensaje en la puerta de entrada advierte que la visita a la plaza de la Memoria “es libre y gratuita”. La mirada atenta de un policía vigila el lugar para el caso de que alguien incurra en un posible brote de ira. La llovizna es tenue y el cielo está plomizo. El silencio es perturbador, seco y fuerte, y agudiza la emoción. La tarde en Buenos Aires arrima sus últimos latidos, pero la oscuridad no impide que a unos pocos metros, en la plaza Miserere, un grupo de chicos con pelota desafíe al mal clima. La imagen sosiega el desconsuelo, aviva el espíritu y dibuja una sonrisa de esperanza. Aunque esa sea una historia de la otra plaza.
 


"Un lugar donde convergen sensaciones, historias de vida y en el que las paredes estallan sin rubores salpicando sentencias con nombres propios".