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Parapente o la venganza de Icaro
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Por: Motoneta
El parapente es un deporte que se practica hace años en Europa y que en Tucumán viene pegando fuerte desde los tempranos noventas. Un día leí un cartel que ofrecía vuelos biplaza con instructor. Levante el teléfono, llamé y esto es lo que pasó.

Despunta un mediodía cualquiera en la citi y el calor abrasa con todo. El gris del pavimento se refleja en las caras. Una imposible calle San Martín promediando al 800, cuevas, bancos, sacos y corbatas, y la misma sensación colectiva de rajar a cualquier parte. En un café, aislado de toda urbana paranoia, espera Federico Carona, instructor de vuelo, un tipo tranquilo, descontracturado....  Recíprocos holas, quetales y demás etcéteras protocolares prologan la charla sobre lo que me espera allá arriba: 800 mts. de altura sobre la ciudad, que me tranquilice, que está todo bien. Yo escucho, y de vez en cuando miro al cerro por el vidrio del bar,  pero nada parece alterar mi seguridad de estar pisando tierra firme.
Un par de puchos más tarde... el stress, los vencimientos y las cuentas impagas quedaron en la mesa de café, entre las monedas de la propina. Mientras tanto, esquivando neurosis, charcos, pozos, vendedores ambulantes y demás biyuteríes propias del paisaje vernáculo, dejamos atrás la ciudad. Federico me sigue hablando de cómo es esto: que no se salta como un paracaídas, sino que se despega corriendo desde el suelo; de cómo a veces te ponés a girar corrientes ascendentes con los pájaros; de los vuelos con luna llena, etc. Todo muy lindo, pienso, pero el cerro se hace cada vez más grande y ya empiezo a sentir de a poco la sensación de novio arrepentido a dos pasos del altar.
Después de subir San Javier y tratando de pensar en nada, giramos a la izquierda un par de kms. Llegamos a una tranquera que dice Loma Bola, y no mucho más que eso. Cargamos la mochila que supuestamente se transformaría en objeto volador y empezamos a caminar por una senda entre árboles, que se abre en un enorme descampado sobre el mismo cerro. O más bien un balcón natural con vista a la ciudad, llena de enormes telas de colores, infinidad de cuerdas, gente hablando sobre el viento, las condiciones, y demás términos que sólo entienden esta tribu de gente cuasi plumífera. Federico me dice que esas telas en forma de medialuna son los parapentes, que las cuerditas se llaman cordinos y que son nuestro seguro de vida allá arriba... En sentido literal, la vida pende de un hilo.
Abre la mochila, desenrolla la "vela" con sus típicos colores "carnaval do brasil", desenreda los cordinos, y engancha dos sillas muy cómodas al parapente. Un par de  ajustes en el altímetro, encender el barómetro y el GPS, marchen cascos para dos y listo.
De un minuto al otro me encuentro acomodado en la silla, parado frente al  abismo, Federico detrás mío en su propia silla, con los comandos en la mano. La vela tirada en el suelo no parece tener el aspecto de querer inflarse y transformarse en alas de pájaro. Veremos.
El instructor mira al horizonte, espera el ok de la veleta de viento y de algún que otro pájaro que sobrevuela el despegue. Empieza a correr hacia delante, la vela se levanta del piso y toma forma. Yo corro con él, para no frenarlo y porque no se me ocurre otra cosa. En un par de segundos se arma arriba nuestra ala inflable. Dos pasos más y el viento nos arranca los pies del piso.

AHORA YA ES OTRA COSA.
En el aire, nos acomodamos bien en las sillas, nos sentamos y empieza el viaje. Estando ahí desaparece el miedo a las alturas, los nervios. Todo cede a una especie de sensación de trance contemplativo. Son suaves: los movimientos, el viento en la cara, los giros, la velocidad. Federico me cuenta que no se trata sólo de volar, sino que lo mejor de este deporte es ganar altura como los pájaros aprovechando las corrientes ascendentes de aire caliente. Así que sin más preámbulos que eso, tira del comando a la derecha, inclinamos el cuerpo hacia el mismo lado para acompañar el giro y sobrevolando la ladera del cerro nos ponemos arriba de un derrumbe a buscar la corriente. De pronto, el barómetro (indicador de ascenso) se pone a chillar como (vecina histérica) novia engañada. Es el momento. Otra vez, cuerpo al costado, mandos a full y empezamos a girar en círculo dentro de la columna de aire caliente. La tasa de ascenso es de 4 mts. por segundo. Un escalofrío alucinante me sube por la espalda. Impresión increíble, única, esta de subir sin la ayuda de un motor, compartiendo la suerte con los pájaros, jugando solo con las reglas de la naturaleza. En un par de minutos estamos sobrevolando el punto de despegue a 300 mts de altura. Otros pilotos se nos cuelan en este ascensor natural y empiezan a girar  hasta que nos hacemos una bandada de parapentes tratando de garronearle al cerro un par de metros más. Conversar con otros pilotos que te pasan por el costado a 1200 mts de altura no es algo fácil de explicar.
A medida que cae la tarde, me explica Fede, las corrientes son más suaves y las condiciones se dificultan para quedarse arriba. El atardecer marca la hora de bajar, así que ponemos dirección al Corte. Esquivando quebradas, hacemos un par de giros escarpados, me entrega los mandos por un momento y siento en mis manos la suavidad de manejar el parapente. Charlamos, nos reímos, como si fuese en un bar cualquiera, pero nada que ver. Una pequeña turbulencia nos pega una sacudida, Federico ni se inmuta, es normal.
A 300 mts. de altura sobre tierra firme, después de un tour aéreo por las Yungas, por la Escuela de Agricultura y por el Corte, enfilamos al campo de aterrizaje. Arriba de la rotonda, una que otra piruetita mas y ya sobre la pista un leve giro nos acomoda de frente al viento hasta perder altura. Con la calidad de un artista, Federico asienta el parapente como si fuese en cámara lenta. Tocamos el piso, damos un par de pasos hasta perder velocidad y la vela cae detrás nuestro. El mejor "the end" de mi vida.
Después de la infaltable cerveza en el drugstore de los parapentistas, salgo corriendo de vuelta para el laburo. De vuelta a lo mismo, a los horarios, los trajes, los zapatos, la ciudad.... Mi jefe me reprocha la llegada tarde y hasta el hecho de haber nacido (¡que no puede ser, que donde estuviste...!) Miro el cerro por la ventana y me rio por dentro... Disculpe, me quedé dormido, no volverá a pasar...

Rápidamente
Vuelos Biplaza: Federico Carona 4353410 - 155023723 federicocarona@arnet.com.ar
O Sergio Bujazha 435-5211
Loma Bola en internet... www.lomabola.com.ar


Desde el cielo...


Tucumán ofrece un escenario ideal para el parapente


Una comunidad de parapentistas se da cita en Loma Bola.


Maniobras de despegue en campo abierto.