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Sabina: vicios, absoluciones y segundas oportunidades
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Por: Motoneta
El "flaco" vuelve al ruedo con Dímelo en la calle, su última producción después de esquivarle a un trágico epílogo que casi lo deja más cerca del arpa que de su habitual guitarra
Todavía cuesta olvidar a aquel Sabina de la tapa de 19 días y 500 noches, fotografiado de espaldas, con las alas de un ángel urbano expulsado del paraíso de las abstinencias. Aquel Joaquín que se jactaba de sus excesos y vicios capitales, que se reía de la muerte,  pero que al mismo tiempo lograba reflejar en sus letras la melancolía del hombre común que alguna vez fue rechazado. La mujer que altiva se le fue, el whisky, la maldición de la casa vacía y el cajón sin su ropa, las interminables noches de los bares de copas… En pocas palabras 19 días... fue un disco maníaco-depresivo. Desde el jolgorio de “Dieguitos y Mafaldas” y “19 dias y 500 noches” hasta la tristeza de “Una canción para la Magdalena”. Pero un disco magnífico al fin de cuentas.

Desde aquel entonces hasta estos calendarios, mucha agua ha pasado bajo el puente, y un tanto más de whisky y cocaína por los cueros de Joaquín, hasta desembocar sin querer queriendo en “Dímelo en la Calle”. Y digo sin querer queriendo porque hace casi un año que al pobre juglar urbano el cerebro le dijo basta y casi pasa a mejor vida en un hospital de Madrid. Así fue que de repente este omnipotente sujeto se encontró en la necesidad de escupir tamaña experiencia existencial en forma de vinilo.

“Dímelo en la calle” es una expresión madrileña similar al “te espero a la salida” típico de nuestras épocas colegiales. El arte de tapa y el disco repiten este concepto con un Joaquín en papel de boxeador, fotografiado en actitud de pelea de esas en que el K.O. es cuestión de segundos, queriendo simbolizar su propia lucha contra los vicios.

No esperemos de este perro andaluz una bajada de cabeza ni un giro religioso o metafísico radical en sus letras. “Ya no cierro los bares, ni hago tantos excesos, cada vez son más tristes, las canciones de amor...” se queja en “Camas vacías”, una de las mejores artillerías del disco. Pero, aunque a Joaquín le pese, la muerte pone al hombre frente al espejo de su propia mismidad y esto se observa en los trazos de la pluma de Dímelo en la calle. Así en “No permite la virgen” Sabina reniega un poco de esa idea de que la “muerte es para los otros” que tanto venia machacando en canciones como “49 y diez” o “tan joven y tan viejo”

Un momento interesante del disco es “Peces de ciudad” con la versificación propia de un poeta;  “El Café de Nicanor”, donde se ve la naturaleza de contante más que de cantante que lúcidamente ya demostrara en “Y nos dieron las diez...”. En fin, el resto queda a consideración de vuestros oídos. Los dejo con la intriga de lo que falta y me quedo con las ganas de volver a ese día en que saqué dubitativamente el disco de la caja y lo metí en la compactera sin saber a lo que me enfrentaba. Eso es lo peor, (dicen los entendidos), de los discos de Sabina, el haberlos oído, porque ya nunca más podremos exponernos a la magia de escucharlos por primera vez.

 

"Las canciones deben ser tristes, porque siempre hablan de desamor, de fracaso; cuando estas en ese momento, tan escaso en la vida, de pasión compartida, no se escribe, se vive" Sabina´s Dixit.

 

Desvastado, casi en KO


En el ring, cigarrillo en mano


El cartel lo dice todo